
Con el ritmo de la armónica metido en la cabeza llego al centro de esta ciudad, que más bien me parece un pueblo, delicadezas del destino. “¡Menuda putada!”, diría mi prima. Veo, mejor dicho miro, las caras de la gente que se cruzan en mi camino, todas me recuerdan a alguien del pasado, “Mala señal, el tiempo pasa a pesar de mis intenciones”.
Hoy mismo lo he visto, en el instituto tenía un amigo, se llamaba Carlos, el tío era un hacha en Física, Química y Matemáticas. Jamás he vuelto a saber de él, ni de su carrera profesional. Gordito, de paso corto, muy moreno. Y esta tarde, desapacible por el viento, el camarero que me ha servido el café me ha dado un susto de muerte. Pensé que Carlos había vuelto de la adolescencia a recordarme mis suspensos en ciencias, esos 4'5 que tanto me frustraban. En serio, pensé que era Carlos el que estaba allí diciéndome “¿Con leche?”
- No, que diga... sí, osea con azúcar – el camarero pone cara de no entender nada, espera otra respuesta-. Perdón..., sin leche.
- ¿Le ocurre algo?-. Con su buena voluntad mitiga mi impresión, deja la bandeja y se acerca un poco más- Es que la veo un poco pálida. ¿Quiere agua?.
- No, gracias. Ha sido un instante, es que me recuerdas, perdona que te tutee, a una persona.
- Siento producirle esa reacción-. Ahora se apoya sobre mi silla.
- Nada, no es nada, chiquilladas.
- Me alegra estar entre sus chiquilladas.- Lo dice sin moverse, me llega su olor a hombre. No me queda más remedio que fijarme en sus facciones, facciones de truhán.
No sé qué decir, me he quedado algo cortada, él espera una réplica, nunca aprendí a replicar, mano de santo la zapatilla de mi madre. Se gira, se aleja, chiquilladas del tiempo.