viernes, 23 de mayo de 2014

Traslado

Me despido de Blogger y me inicio en Wordpress:

                                                http://grancapitandecordoba.wordpress.com/

martes, 25 de marzo de 2014

Necesidades: Mañana más

Enero 2011. Procesando...

En una semana, en siete días cortos me quedé sin reloj, sin tic y sin tac. Solía tener muchos, elegantes, rudos, simpáticos, serios, de colores, opacos; los cambiaba según el día o la noche, según la ocasión, la ropa, el momento. Me encantaba tenerlos allí cerquita, sobre mi muñeca, agujas que se movían a un ritmo calculado y predefinido del destino. Poder mirarlos a cada instante, no perder un segundo del día, aprovechar cada milésima, inspirar cada "tic", espirar cada "tac". Tic, tac, tic, tac, vuelta a empezar. Todos eran precisos pero ninguno exacto, adelantados cinco minutos al tiempo real, para no llegar nunca tarde, puntualidad más que alemana. Ni siquiera en Volkswagen.

El primero cayó un lunes, era negro, aséptico, sin personalidad. La correa de plástico simplemente se rajó y fue a parar al suelo, lo sustituí por otro de color marrón con esfera dorada, efectivo, pedante y circunstancial. Nada que hacer, a las dos horas se paró, el cristal empañado, pequeñas gotitas nadaban libres y libertinas en su interior. Otra vez el tiempo se paró. Esa semana cada uno de lo relojes que pasaban por mi mano izquierda terminaban por pararse, rajarse, inundarse,...Tic, tac,tic,tac, vuelta a empezar. Casualidad o causalidad, la eterna diatriba, bromas de la vida. Caminando calle abajo al relojero fui, que seguro que le hace ilusión tener un encargo tan numeroso y provechoso, que seré la clienta del mes,  al llegar a la puerta veo que está cerrada a cal y canto y un cartel bien grande que dice cerrado por traslado, ¿a dónde?¿a dónde se habrá ido el único relojero de la ría? Me rasco la cabeza mientras veo mi cara de imbécil reflejada en el escaparate, miles de relojes están al otro lado, todos se ríen, sí, bromas de la vida, eso seguro, todos hacen "tic,tac".

Me vuelvo a casa, cabreo, pateo una lata que escupe parte de su contenido en mi pantalón, más enfado. Por la noche me revuelvo en la cama, intranquila, el reloj de la mesita de noche también empieza a atrasarse, como éste se rompa a ver quién me despierta para ir a trabajar. Vuelta, revuelta, las sábanas se enredan, sudo, sueño con un reloj de arena, perfecto, útil, provechoso.

A la mañana siguiente abro los ojos alarmada, la luz entra por la ventana, suenan unas campanas, ¡ay!, ¡Dios mío!, ¿me quedé dormida? Doy un salto, el reloj se paró a las cinco de la mañana, enciendo la radio y voilà, el locutor me da la noticia de que aún son las ocho menos cuarto. A tiempo, con tiempo, el tiempo suficiente para desayunar y darme una ducha, bendita campana, ¿campana? Será de la iglesia de atrás, será, será. Camino del trabajo veo algunos negocios abrir, la frutera descarga un camión mientras la farmacéutica fuma un cigarro, negro, tabaco negro, toso, tose, tosemos. Y sin darme cuenta ,esa primera semana, empiezo a tener de nuevo control sobre el tiempo sin necesidad del "tic,tac". Empiezo a medirlo sin pulseras de colores, sin pilas ni agujas ni volantes ni engranajes de piñón. 
Observo,observando, las rutinas se repiten, los demás me dan pistas que antes no veía. Las campanas suenan a las 7:45. La frutera descarga y la farmacéutica fuma a las 8:40. Los autobuses de línea de los colegios pasan a las 14:30. Los niños de al lado llegan corriendo a casa dando un portazo a las 15:45. La vecina ve a la novela a las 16:40. El sol se pone a las 20:00.  Mi madre me llama a las 21:00. El vecino apaga la radio a las 22:40. Ahora sí, ahora me permito ver el tiempo pasar, pasar el tiempo, pasado, presente, me quedo sin reloj, sonrío al tirar de la cisterna, las 23:30. Hora de meterse en cama, mañana vuelta a empezar.

jueves, 20 de marzo de 2014

Necesidades: La placita de atrás.

 
Plaza de la Constitución, Vilagarcía de Arousa.



     Siempre paso por la placita de atrás, me pilla de camino a todo, al trabajo, al supermercado. La placita de atrás es fea, ni siquiera es regular, el cemento la conquistó hace tiempo; los bancos de piedra pelean con el hierro forjado por incomodar al transeúnte que busque en ellos descanso.

     La placita de atrás es gris, en invierno es más gris, negra, fea, refea, más fea que los monos del parque. Una carretera ruidosa la cruza por un lateral, algunos naranjos intentan disimular la opacidad del sitio; noche y día mal iluminada, alumbrada por historias que se entrelazan. En la placita de atrás hay lugar para las gaviotas y las palomas, las unas miran con ojos golosos a las otras, cualquier despiste es bueno para atacar y llevarse una buena tajada,el pájaro grande se come al pequeño. En la placita de atrás también se mide el paso del tiempo con un reloj, uno de cuatro caras que con cien años siempre dio horas falsas en sus esferas, el único reloj que todos miran sin esperar nada a cambio.

      La placita de atrás además tiene perros, perros piojosos, simpáticos, de esos de cuerda de mimbre al cuello, de los que aguantan el frío junto a unos amos afanados en la cerveza y el vino barato, amos de la  placita de atrás, que discuten si los céntimos que les quedan les dará para otra botellita. Visten uniformados con chándals de los ochenta, pantalones de pana ajados, alguna visera;visten miradas perdidas, pasados desgarradores que ni yo misma conozco. Ciertas mañanas he visto manchas rojas oscuras surcar la placita de atrás, alguna afrenta de caballeros suele tener lugar, porque en la placita de atrás se discute con afán, con ganas, que unos tragos de más son importantes. 

Después de varios meses cruzando la placita de atrás me quedo abosorta en uno de estos señores; señor de barba profunda y ojos taciturnos, señor propietario de un carrito de la compra que arrastra por todas partes y del que no se separa nunca. Lo veo allí sentado, ora atendiendo a sus dos perros ora rebuscando algo que no encontrará en su caja de los tesoros. Observo como observa, se sonríe a solas, cosas que hace la edad; chaqueta de pana de esplendor mugriento, pantalones de algodón que conocieron mejores días, zapatillas de deporte más grises que la propia plaza. Advierto que a veces le gritan, son los otros caballeros en busca de gresca, él brama, muestra su fuerza, todo queda en eso. Los demás se tronchan a carcajadas, burlarse es algo muy dado en la placita de atrás. Lo veo mientras entra en el comedor social y discute como cada día con los monitores, que no, que no, que no puede entrar con el carro, que tiene que dejarlo en el patio, que no se preocupe que nadie se lo llevará. A veces tiene suerte y logra fumarse un pitillo, otras también, y consigue un litro de cerveza que le hace sentir todo un señor, el Señor de la placita de atrás.



lunes, 7 de octubre de 2013

Necesidades: 29 imágenes






Sólo tengo para 29 fotos. Lo dijo con tono de molestia mientras abría y sacaba la tarjeta de memoria. ¡Qué fastidio! Una y otra vez probaba a encender la cámara, enfadada, como si la tierra se hubiese tragado el cielo. Pero si la tarjeta tiene ocho gigas. Más veces lo intentaba más nerviosa se ponía, y él, que la miraba sonriente acertó a esperar y dejar que la desesperación de ella volviese a ser calma. Entonces, ya en el coche, camino del siguiente pueblo, él soltó una sencilla frase, hazte a la idea de que tienes una cámara como las de antes, sólo dispones de un carrete de 29 fotos.

El silencio acompañó a los siguientes treinta kilómetros de curvas; sol, niebla, olor a pino, vacas, algún ternero cruzando la carretera despistado, un ciervo asaltando el camino, el mar, las olas, barcos, caminantes por el arcén. Únicamente tengo 29, ella no podía olvidar ese límite, 29 instantes, ¿cómo elegir los lugares? Si ni sé cuales serán los mejores , ni que pueblos ni playas serán las más bellas. Por la noche él ojeó las 29 fotografías que ella había elegido.

- ¿Qué te parecen?
- Buenas.
- Sólo tuve 29 oportunidades.
- Date por satisfecha, al menos sabías con cuantas oportunidades contabas.

martes, 6 de agosto de 2013

Necesidades: Los piratas de Ryanair

 
(hecho verídico ocurrido el 2 de Agosto de 2013)
2 de Agosto de 2013
FR31041
SEVILLA-SANTIAGO
Hora de cierre de la puerta 12:45
Hora de salida: 13:15
 
Cuando vi a ese grupo de chicos dando patadas a las maletas con el fin de romper las ruedas y que así entraran en el maldito cajón de Ryanair me quedé petrificada ya que todas me parecían minimalistas. Es más, todas habían entrado en el dichoso molde azul y amarillo de la tan "estupenda" empresa aérea, pero la chica morena, delgada y con cara de no haber cagado ese día insistía en que sobrepasaban las medidas. Ella insistía en que no podían pasar las maletas y ellos diciéndole que tranquila, que con quitarles las ruedas las maletas entrarían perfectamente y que pasaban de pagar 66 euros, que era lo que la chica morena, delgada y con mal genio quería cobrarles por maleta. Todo el mundo estaba expectante, porque la chica estaba siendo literalmente una estúpida con cada uno de los pasajeros y  tratándonos con una soberbia absoluta. Así que cuando los chicos lograron su objetivo la gente empezó a aplaudirles, la chica puso cara de más mala hostia y  más imbécil era con los siguientes pasajeros.
Otro chico se encaró con ella y le dijo que la maleta iba a pasar sí o sí y que sacara el metro si pensaba que la maleta era grande, sacó el metro y al medir resultó tener razón el hombre. Así que no le quedó más remedio que dejarlo pasar con su maleta.
Otra muchacha sacó algunas ropas de su maleta y se las puso encima para que le cogiese la maleta, porque según la chica era demasiado ancha para pasar. Tampoco consiguió que pagase los 66 eurazos.
Cuando llegó mi turno, yo era de las últimas, la muchacha, a la que podríamos llamar psicópata sin diagnosticar, estaba de tan mala leche que pensé me mataría con la mirada, me hizo meter la maleta en el cajón y cogía sin problema alguno, pero me dijo que no, que sobresalía un poco por encima y que si quería embarcar la maleta tendría que pagar 66 euros.
 ¡Ja!, pensé, esta hija de Dios quiere cobrar la comisión de alguna maleta y como no ha podido con otros pasajeros lo intenta conmigo. Gracias a mi providencia llevaba una bolsa de basura en la maleta y como sabía que la maleta no había costado ni la mitad de esos 66 euros que me pedía decidí meter todas mis cosas en la bolsa de basura y dejar allí mi maleta vacía. Mientras hacía el traspaso de la maleta a la bolsa de basura, la chica no hacía más que meterme prisa diciéndome que el embarque ya mismo terminaba y que no me iba a dar tiempo. Me dio tiempo y pasé con mis cosas en una bolsa de basura.
La chica se quedó sin su comisión y yo me sumé a los piratas de Ryanair.

domingo, 28 de julio de 2013

Necesidades: Un trozo de carne.


Lo poco que recuerdo son imágenes en blanco y negro, y el olor, olor a carne fresca, nueva y a la vez corrompida. Supongo que habría rojos, muchos tonos, pasando por el rosa y llegando al rojo marrón casi negro. Pero mi mente se empeña en grises, más claros  o más oscuros, ¿la ausencia de color podría ayudar a mitigar las sensaciones que experimenté en aquel momento? Mi prima, que es psicóloga, dice que hay diferencias entre sensaciones y emociones y que lo que quise ocultar en el baúl del olvido eran las emociones que experimenté en aquella situación y ahora por lo que se ve parece estoy bloqueada y obsesionada con esa estampa. Noche tras noche se ha repetido el mismo sueño, me despertaba sudando, con sensación de miedo, asco, culpa ¿Cuánto tiempo pasé así?¿Cuánto tiempo despertando de madrugada soñando con aquel trozo de carne? Perdí la cuenta de las noches, meses, años, quizás siglos, podrían haber sido siglos si no fuese por mi carnicera,la Puri, esa bruta nacida de un bruto, que maneja los cuchillos a su antojo y hace matanzas día sí y día también aprovisionando de morcillas y chorizos y de todas las partes del cerdo aprovechables al pueblo entero. Parece broma, pero no lo es. Fue así, fue la carnicera la que me hizo dar los pasos imprescindibles para salir del laberinto en el que me encontraba. Aquel fin de semana venían sobrinos y primos a comer, me empeñé en comprar de la mejor carne y allá que me fui a la carnicería, estaba el hijo, el mayor, que su madre estaba de matanza, que me pasase a hablar con ella si quería cantidad. Me planté allí, pensando que ya estaría todo terminado crucé las puertas del almacén sin meditarlo. Estaban allí, con los cubos, todo lleno de sangre. Instintivamente me eché hacía atrás, salí de nuevo a la calle y vomité durante quince minutos sin parar. 

Pero Mari, si tú comes morcilla como pipas, ¿cómo te pones tan mala?Hija, que no es lo mismo comerla que ver cómo se hace, atiné a responder entre chorro y chorro. Pues sí que eres "delicá", decía la Puri, anda siéntate que te traigo una manzanilla.No, no me traigas nada, anda, vuelve al tajo que yo lo que hago es estorbarte. Ya hablo con tu hijo y se lo encargo todo. Y se fue a seguir con la tarea con toda su ropa llena de salpicones de rojo, rojo sangre que me revolvían las tripas. De vuelta a casa recibí el impacto de los primeros recuerdos, la sangre de la matanza los había despertado, mi madre allí, en pié en la cocina retorciéndose de dolor con su barriga de unos cuantos meses, yo con doce años al lado de ella, sin atinar a nada. Intentado que se sentara o se metiera en la cama, pero ella era del porte de la carnicera y si ella decía que no era que no y que en la cama no se metía ni harta vino. Los dolores habían empezado la noche anterior, pero no quería oír hablar de médicos, según ella matasanos, y por la mañana se negó a seguir en cama. Así que se levantó y empezó con la faena como si fuese un día cualquiera, los dolores lejos de mitigarse aumentaron, hasta tal punto que a medio mañana ya eran gemidos, como si la estuviesen matando.Anda, mamá, vamos al médico. ¡Cómo se te ocurra decir una palabra más te enteras! Y yo a callar, a acompañarla en un dolor que también era mío. Hasta que al fin, después de desvanecerse en el suelo de la cocina algo salió de mi madre, era eso, un trozo de carne revuelto en sangre, sin vida, ni nada. Coge el cuchillo de cortar, niña, cógelo, yo muda se lo dí, cortó el cordón que la unía a aquel pedazo de carne que ya no era nada. Después mi madre no pudo darme más órdenes, estaba extenuada. Fue entonces cuando reaccioné y con unas toallas lo metí en la basura y empecé a limpiar la cocina. Mi madre me miraba y al poco se levantó y fue a asearse ella misma. A medio día todo estaba listo, la comida en la mesa para mi padre y mis dos hermanos, el agua fresca, el pan y la fruta.

Ella se lo contó disculpándose por haberlo perdido, él siguió comiendo como si se tratara de un calcetín.

Ya no despierto en mitad de la noche pero esos instantes siguen siendo en blanco y negro en mi cabeza. 
Emociones que nunca tendrán color.

jueves, 31 de enero de 2013

Pretérito Presente VI (6ª parte)


La plaza está igual, más vacía, sólo más vacía. Algunas cuevas han desaparecido, otras se caen a pedazos, el tiempo les está ganando la mano entera. El olor es el mismo, abandono descuidado, algún perro sarnoso, son las cuatro de la tarde y lo único que está en su esplendor es el sol, quemando una tierra ya de por sí seca. Le divierte ver la cabina de teléfono de la plaza, descolorida y con varios cristales rotos hace mención a otra época, otras épocas, todo es pasado. Deja el coche en la única sombra que ha encontrado, entre la cabina y unos árboles, apaga el motor y siente como el aire acondicionado se va, se esfuma, otra cosa más que ha pasado, lo pasado pasado está en el presente.

Después de mucho vacilar logra salir del coche, el calor lo envuelve en seguida, sin pensarlo ni planificarlo se dirige al bar, al único bar que hubo, había y quizás no habrá.Antes de entrar en la casona de su infancia necesita un par de cervezas, la valentía la conquista a base de cañas como los piratas a base de ron. Ahora que lo pienso¿seguirá detrás de la barra el Pelao? Por entonces, el bar, el único centro social de la zona, era regentado por el Pelao, que estaba tan calvo como Míster Proper o más, dependiendo del brillo esperado de la calva. Se decía que era el ejemplo más claro de un calvo con recursos extra porque llegó a tener con su mujer, la Mari, doce chiquillos, todos niños, las niñas la Mari nunca las llegó a ver, y entre la ilusión de que el siguiente fuese nena y los medios que no aprendieron a poner ninguno, llenaron la escuela de chiquillos medio salvajes, autónomos y listos.

Antes de empujar la puerta del antro respira hondo, el Pelao debería tener unos setenta años ahora, había muchas probabilidades de que estuviese mascando tierra, criando malvas. En el interior la oscuridad fresca le hace sentir bien, algunas piezas al caer, el olor añejo a viejo, a vino, alcohol tardío. Lo reconoce al instante, ¿es real?, parpadea varias veces para asegurarse de lo que está viendo. ¿Setenta años? El Pelao más encorvado, con más grietas en el rostro, más pelao que nunca estaba allí, como un fantasma a la espera de que el médico lo atiendiese. Pide la cerveza con voz temblorosa, cree que no lo ha reconocido, más de veinte años han cambiado mucho al hijo del señorito latifundista, del tal Don Rafael, ese que el otro día murió solo de un infarto y nadie pudo entristecerse, ese que machacó a muchos, el ogro verde, feo, fétido, arrogante. Se queda en una esquina y coge el periódico que tiene fecha de unos meses antes y manchas de aceite, hace como el que ojea y lee, pero no puede dejar de mirar al Pelao, era el mismo de antes pero ralentizado, curvo, sin sonrisa. Los únicos clientes, tres de la misma quinta que el Pelao, juegan al dominó en un silencio sepulcral que sólo las piezas al caer rompen, escapan del calor, del tiempo, de un final que no termina, sale el doble, cierro. Intenta ponerles nombres, sus caras le son familiares pero no logra ubicarlos en las imágenes que tiene de los años allí vividos. Sin embargo del Pelao tiene imágenes bien claras, allí dentro, en aquel bar se habían librado las guerras de borrachos más duras y con menos muertos del mundo, el vino había hecho del bar el sitio favorito de los adolescentes ávidos por ver peleas entre vecinos, peleas con puñetazos reales, garrotes, gritos, copas rotas. No olvida aquel día, el día del Pelao o la noche, en el que sacó a patadas a dos guardia civiles borrachos que empezaron a meterse e insultar a Perico, el tonto del pueblo, el simpático que no hacía daño a nadie y hacía las gracias de todos. El Pelao que era muy bruto y de prudencia andaba corto les dio una buena tunda, tan buena que se espabilaron y al rato volvieron con otros camaradas y se lo llevaron al calabozo una semana. La Mari,la pobre, no le quedó otra que asumir que tenía un burro honrado por marido y llevó el asunto con mucha dignidad. Eso sí, cuando el Pelao volvió a casa, dicen, eso decían las malas lenguas o las lenguas a secas, que la Mari primero le dio dos bofetones. ¿Cómo se te ocurre jugarte la vida y el pan por el tonto del pueblo? Después le dio cuatro besos y le dijo algo como que tenía un corazón de oro por defender al Perico, al tonto simpático. Esa noche fabricaron al octavo de la equipación. 

El ogro hacía la vista gorda en este asunto, eso de que su hijo de puta, yo, me mezclase con la gente del pueblo lo llevaba mal, casi prohibido, pero al bar me dejaba ir de vez en cuando, pensaba que allí podría descubrir los tejemanejes de la hombría y hacerme más hombre si cabe, aunque yo fuese un hijo de puta parecía que tenía derecho a ser un hombre. Así que mis libros de piratas, mi trabajo en la huerta y mis visitas al Pelao me convirtieron en un chico extraño, ya de por sí lo era por tener un ogro por padre, una medio bruja mala por madre, un enano gruñón por acompañante, un hada madrina por cuidadora, un mundo tan raro que ahora me sorprendo ser un ser normal o quizás no tanto. Quizás soy un  monstruo amarillo de dientes naranjas y manos peludas, ya quisiera yo ser un personaje de cuento, aunque fuese de terror pero de cuento, pero me he quedado en eso, en uno más del sistema de las parejas que duermen de noche, trabajan de día y pagan la casa de por vida. Mierda de vida, Esther, mierda de vida, que hasta el Pelao ha tenido una vida más rica que la nuestra sin salir de este bar de mierda, doce niños, una Mari difícil, un bar que cada noche era una historia nueva. Esther que estamos a tiempo de cambiar, que no perderíamos nada, que todo está perdido, que esas máquinas me deprimen, que tus reuniones de miles ya me tienen más que harto. Te quiero, Esther, y no puedo llamarte porque la cabina de la plaza no funciona, porque me mandarías a la mierda y porque necesito seguir mirando al Pelao y a esos tres que son fantasmas reales, que estaban aquí cuando yo todavía era humano, niño, joven, humano. Necesito fuerza, las llaves me queman, en el bolsillo se revuelven, tengo que dar el paso, tengo que ir a la casona a revolver el polvo y dejar cada mota en su lugar, al ogro, la biblioteca, el barco de las historias, la cocina de Lucita, luces y sombras que nunca se pondrán de acuerdo o a lo mejor sí, ¿quién sabe?

miércoles, 23 de enero de 2013

Pretérito presente V (5ª parte)


Va con cuidado, dentro todo está oscuro, a ciegas cual invidente entra en la casa, huele como en la huerta, a tierra de enano, reseca, parda y marrón. Tarda un rato en acostumbrarse a la falta de luz, una cueva, blanca por fuera, oscura por dentro, para los duros, ya sean veranos o inviernos. Nota el cambio de temperatura, aquí hace fresquito, huele raro pero hace más fresquito que en la huerta, que me va a dar un vahído removiendo la tierra con el enano, que además no habla, sólo articula para darme órdenes, ¿quién me mandaría intentar robarle un melón al melón del enano? Rodea la mesa de la sala, una mesa puerca con su hule a cuadros llena de trozos de pan esparcidos y pipas de sandía, negras, secas. Mira debajo, al lado del armario y en el pequeño pasillo que comunica la sala con el dormitorio, allí todo más oscuro si cabe, cuanto más al fondo de la cueva menos claros y más tétrico. ¿Dónde estará el botijo? Me muero de sed, el enano se muere de sed, en dos días termino el castigo, que no es castigo al lado de las bofetadas que podría haberme dado mi padre si se entera que intenté de nuevo robarle al enano, un melón, melón que fui.

Vuelve a rodear la mesa, impaciente, sediento. Huele mal, este enano, es asqueroso, ya podría ocuparse un poco de la cueva. Sigue buscando hasta que posa su mirada sobre una imagen, una imagen colgada, la única en toda la casa, porque al enano los Santos y las Vírgenes no le van, un descreído muy sabio. La fotografía muestra el retrato de una mujer de mirada profunda, sonriente y joven, en blanco y negro y medio borrosa todavía puede adivinarse unas facciones hermosas, perfectas. El rostro lo deja cautivado, fascinado, hasta que escucha detrás el rugido del enano. ¿Qué pasa con ese botijo?¿Das con él? Él se sobresalta, de pequeño las voces rudas le hacían sobresaltarse, cosas de casa. No, Don Severino, no lo encuentro. Si es que, lo que yo diga, la juventud de hoy no servís para nada, te mando a pescar y seguro que vienes seco. Anda toma, dale un trago. Y sin más el enano saca de debajo la mesa el botijo. No puede dejar de pensar en el rostro de la fotografía, mientras bebe lo mira de reojo.¿Quién será esa señora? Lo dice en alto en vez de pensarlo, se arrepiente al instante, el enano le quita el botijo de un tirón y pone cara de enojo, cara roja, cejas arqueadas, ojos virulentos. ¡Ya vale! Deja de beber agua, que te vas a engollipar. Venga, a tu casa y a dejar de chismorrear como las viejas del pueblo, que por hoy ya has hecho suficiente.  Mañana te quiero aquí temprano. Sale dando traspiés, confundido, aturullado, un niño de ocho años aturdido, enamorado de la señora del retrato de la cueva del enano.

Así llegó a casa, sucio, sudado, Lucita detrás, tira ahora mismo para la bañera que como te vea tu padre con esas pintas nos rompe la espalda a ti, a mí y al enano cabezón ese que no se le ocurre otra cosa que castigarte poniéndote a trabajar en el campo. Al terminar el baño el agua estaba negra, la suciedad del trabajo quedaba allí, camino de las tuberías, se miró y se dio cuenta que él también estaba poniéndose marrón, color del trabajador de a pie. Bajó como una bala en busca de algo que comer, pero Lucita estaba allí, defensora de su cocina, soldado de las ollas y las sartenes.  Ni se te ocurra, te esperas a que venga tu padre y cenas con él. Pero Luci, anda, que el campo da hambre, dame aunque sea un poco de chorizo con pan. ¿Chorizo con pan? Lo que te voy a dar es un sopapo, no tendrías tanta hambre si no trabajases en la huerta del Severino, y no estarías trabajando para él si no hubieses intentado robarle un melón. Ella seguía cortando cebolla y los tomates como si nada, despacio, sin pausa, con precisión, como si hubiese nacido con un cuchillo en una mano y un tabla de cortar en la otra. Anda, Luci, anda. Mira, no te pongas pesado, toma un poco de pan, el chorizo no que bastante tenemos contigo. Se sentó en la mesa a roer un trozo de pan mientras veía a Lucita poniendo la olla hervir y olía el aroma a guiso con hambre de siete días. Una vez calmado el estómago con el pan volvió a su mente el rostro de la mujer de la casa del enano, su pelo liso cayendo, oscuro, mirada profunda que atraviesa hasta el hielo. Luci, oye, tú que sabes las vidas de todos, dime, la mujer de Don Severino, ¿cómo era? ¿Y eso? ¿A qué viene esa curiosidad? No sé, me preguntaba que cómo sería la santa que aguantaba a ese enano gruñón. Lucita se echó a reír a carcajadas, dejó el cuchillo en la mesa y se sentó junto a él.

De familia humilde, era la mujer más guapa de la zona, no sólo del pueblo, todos le tiraban los tejos, todos andaban loquitos por ella, por sus curvas, su pelo oscuro, su mirada profunda. Pero ella se hacía la dura y a ninguno daba esperanzas. Las malas lenguas decían que quería cazar al más rico, al señorito, a tu padre, vamos. Más bien era al contrario, tu padre intentó por activa y pasiva conquistarla. ¿Mi padre?¿cómo podía un ogro intentar conquistar un ángel? No me cabía en la cabeza, cabeza de ocho años, no más. Al final ella se decidió por el Severino, mira por donde tan humilde como ella, y fueron felices algunos años. ¿Algunos? Sí, a ella le entró una neumonía muy fuerte, por entonces los médicos no estaban tan a mano. Murió y no se hablé más, déjame trabajar que me...

Recuerdo aquella conversación como si fuese ayer, el olor, el guiso, la cebolla recién cortada, la mesa de madera, el delantal blanco de Lucita. Recuerdo la cocina, una habitación enorme llena de trastos, de ajos colgados, de aceite,...Era tu santuario, Lucita, tu fábrica de exquisiteces, qué sabrán esos cocineros de hoy lo que es cocinar que te dejan todos con hambre y nunca sabes realmente lo que te estás comiendo. También recuerdo aquel rostro, el de la mujer del enano gruñón garrote en mano. La fotografía que vi en su casa mientras buscaba el botijo era de ella. Después de aquel día, en la huerta, cuando el sol daba bien me ofrecía voluntario para ir a buscar el botijo, todo con el único objetivo de verla allí sobre la pared, sonriendo en blanco y negro, belleza eterna. Y así me aficioné al enano, a su mujer, a su huerta y su casa. Y el castigo pasó a ser un placer, trabajar, sudar, beber y ver aquella belleza cada día.Sí, Paula, descubrí que no sólo las brujas como tú son bellas, la mujer del enano lo era también, seguro que está en el paraíso y la han nombrado Miss Cielo. Poco a poco cogí confianza con el gruñón y al final, un día, sin venir a cuento me dijo que la mujer de la fotografía era su mujer, lo dijo mientras trabajábamos azada en mano, como el que dice va a llover, pero con una emoción contenida, casi pude ver alguna lágrima caer, no la vi, no pude, me lo imaginé, el enano sensible, el gruñón garrote llorando, no me lo inventé. Pero ahora que voy camino de esa huerta, de esas sandías y melones, ahora, después de tantos años que han pasado y de los cuarenta que tengo, que con ocho uno no cae en la cuenta pero con cuarenta sí, me pregunto, me asalta la duda de cómo mi padre desistió en la conquista de la señora de Severino, siendo tan orgulloso como era, tan "valiente" y tan de alta cuna. Para él habría sido una derrota, es más, ¿el enano le quitó la conquista juvenil a mi padre, al ogro? ¿De veras?Y ahora que lo pienso, porque conducir quinientos kilómetros dan para pensar, ¿cómo pudo el enano mantener su minifundio con el ogro mandando en el latifundio?Hay algo que no me cuadra,no recuerdo bien,lo intento enfocar, las imágenes pasan, el tiempo y mi infancia a medio hacer. Acelero, voy volando, mi infancia a medio hacer. Ese verano, los veranos, la huerta, los libros del barco de las historias, el río, Lucita, enano, las bofetadas y mi infancia a medio hacer.

domingo, 20 de enero de 2013

Pretérito Presente IV (4ª parte)



Cambio de canal una y otra vez, ahora hay tantos que podría estar hasta el día del juicio final saltando de uno a otro, me quema el periodismo fácil, los shows, los gritones exhibicionistas, ni el diablo podría ser tan perjudicial para una sociedad, miles de personas mirando, atentas, vidas vacías que de alguna forma hay que llenar.

Lo que yo tengo que llenar son estas horas de sueño. Miro de nuevo el móvil, las dos de la mañana, se me repiten los calamares y las cervezas, el poco aire que entra por la ventana sigue siendo caliente, quema tanto como durante el día, o incluso más, sí, mucho más, sofocante. Se oyen perros y los pocos coches que pasan por la carretera iluminan la habitación de vez en cuando. Apago la caja tonta que me ha alejado un poco de la historia que me ha traído a este hotel de carretera, a los camioneros, al taller, a todos, a ti, Paula,mamá y bruja querida, al ogro, a Lucita, al enano,...
Me quedo dormido, en tus brazos, siempre en tus brazos, como cuando era pequeño y me acunabas, Paula, sí, mamá. Sueño, sueño que estoy en el Pedroso, el río del pueblo, gratos momentos, chapuzones, saltos, paseos, cangrejos. Nado, sueño y nado lejos de la orilla, el agua está fresca, transparente, hasta veo peces de colores, el sol brilla,pero algo falla, hay algo que no va bien, poco a poco empiezo angustiarme, no puedo parar de nadar, siento que en ello me va la vida, noto que mi cuerpo se cansa, se fatiga, no puedo dar una brazada más, miedo, pánico, empiezo a gritar, me ahogo en mi infancia, tengo seis años, no me puedo ahogar, todavía no, lucho, lucho, lucho, pero algo me hunde. Entonces te veo, Paula, estás sobre una barca, llevas un pañuelo en la cabeza y un parche en el ojo derecho. Bruja, ¿qué haces vestida de pirata?. Las brujas podemos saltar en el tiempo y convertirnos en cualquier persona o personaje, ahora soy pirata. Pues ayúdame, me ahogo, mamá, bruja pirata, no puedo nadar más, me duelen los brazos, las piernas están flojas. ¿Por qué te callas?¿Por qué te alejas? Estoy aquí, soy yo, mamá, tu hijo. Lloro de rabia, impotencia, duele, grito mientras remas en dirección contraria, el agua empieza a entrar en mi boca, siento que me ahogo, me asfixio, estrangulo, ahorco,...

Despierto sudando y gritando, soy agua, tranquilo, tranquilo, estás en el hotel, ¿olvidaste que se rompió el coche?Tranquilo, Esther sigue existiendo, mi mujer, mi sol, respira, cuenta hasta diez, tranquilo, me repito, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. No, Paula, no, deja ese sueño, no vengas a decirme de nuevo adiós, que ya tengo cuarenta años, que no quiero nuevas pesadillas, bastante tengo con el ogro. 

Me voy a la ducha, necesito refrescarme, relajarme, tranquilo, cuenta hasta diez, respira. De vuelta al punto de salida, tumbado, viendo el reflejo de los coches al pasar en el techo,sudando,  repaso la pesadilla, mamá vestida de pirata,yo me ahogaba, Paula, tengo que buscar un punto positivo, no quiero más insomnio esta noche, ni pesadillas, un punto positivo, de apoyo, uno, dame uno, mi cabeza gira y sí, allí estoy, sí, claro, mamá, eso es. Los piratas, Drake, Barbarroja, Anne Bonney, Mary Read, Barbanegra, Aguirre, Hawkins, Bouchard,...

Sí, claro que los recuerdo, mamá, cómo iba a olvidar aquel olor a cerrado, un reino de papel, todos para mí, eso dijiste, son tuyos.  Pero mamá, si todavía no sé leer. Tranquilo, hasta que aprendas te los leeré yo, ya verás qué bien lo pasamos. Sí, fue maravilloso mientras duró. Viajé contigo, Paula, bruja, me enseñaste que las palabras que hay en los libros formaban historias, vidas, paisajes, el mundo estaba allí, entero, al completo, tú y yo. Siempre lo hacías cuando el ogro no estaba en casa. A papá no le gusta que mamá viaje, ¿entendido? Sí, mamá. Historias de lunáticos, decía el ogro. Pero las brujas siempre hacen lo que sea para salirse con la suya y quebrantaste las reglas del latifundio, loca, majareta, chiflada que estabas, de atar, ilusa, inocente. Cada mañana, cuando el ogro salía  a hacer sus recados latifundistas, aprovechábamos y nos encerrábamos en la biblioteca, el barco de las historias, me decías. Al principio elegías tú, siempre historias de piratas que arrasaban, malos y buenos, algunos más y otros menos. Las horas allí eran segundos, décimas que se escapaban y se iban tras mares, monstruos, tesoros perdidos, tesoro, mamá, el barco de las historias era el nuestro. 

Todavía me culpo,mamá, sí, recuerdo aquel día, en el comedor, ¿tendría yo cinco años? Sí, montado en una silla arremetía cual pirata contra la lámpara, ¡ya puedes darte por vencido, bellaco! No quise delatarte mamá, no fue queriendo, no me di cuenta, el ogro me pilló en esos juegos y me preguntó que de donde había sacado esa tontería de bellacos, me quedé mudo, siempre me pasaba con él. Silencio. ¡Te he dicho que me lo digas! Me zarandeó, me gritó, me hice pipí, el miedo, bruja, cobarde,¿ves?, siempre lo fui, con cinco años ya era un cobarde. Su cara verde, su aliento verde, sus ojos verdes, clavó sus manos iracundas en mis brazos. Ha sido tu madre, ¿verdad? No le respondí, no me chivé, mamá, te lo juro, entonces te lo juré sollozando. Se fue, me dejó allí tirado, temblando, tiritando. Después empezaron los golpes, me asomé, mamá, la puerta del dormitorio estaba medio abierta, el ogro te estaba pegando con una correa, te gritaba. No, las brujas hacen pócimas, por favor, levántate y hazle un conjuro, bruja, no dejes que el ogro gane, decía, dije, digo. Hijo de puta, cabrón, naciste lleno de odio, aquel día lloré, culpa, miedo, siempre he llevado esa culpa, mamá, si no me hubiese acojonado el ogro no habría adivinado nada de nuestro barco de las historias, no habría leído en mis ojos la verdad. Tranquilo, mi niño, esa misma noche me intentaste calmar, me consolaste, bruja, con tu ojo morado, brazos morados, dolores morados de bruja maltratada, vejada, aquejada. Todo pasará, pasado que pasó. Confiscó la llave de la biblioteca, ogro repugnante, nunca más pudimos entrar en nuestro reino juntos, mamá, el polvo se hizo con las páginas y las estanterías. Y al año te fuiste, me dejaste allí, en el pueblo, con el villano que nunca tendría un libro al que acogerse. No pudiste más, lo entiendo, no te culpo, me culpo, lo culpo, la culpa. Bruja, pobre, medio mala, pirata, pata de palo, corazón minifundista, nunca has llegado a saber que a los ocho un amigo me enseñó a abrir puertas sin llaves y la única cerradura con la que he utilizado esa técnica en mi vida ha sido con nuestro barco de las historias. Sí, otra batalla ganada al ogro, que de los ocho a los dieciocho me alimenté de esas páginas y él nunca se enteró, fue mi venganza, nuestra venganza, me leí todos y cada uno de los libros que allí había, a sus espaldas verdes. ¿Ves, mamá? Tú me enseñaste a viajar, Paula, me regalaste el mejor de los regalos, un espíritu pirata que me ayudará a encontrar la nueva dirección, el camino, lejos de las máquinas, con Esther, suave, sin tóxicos, sin ogros.

viernes, 18 de enero de 2013

Pretérito presente III (3ª parte)



- Dicen que la pieza les llega mañana. Unos doscientos o trescientos euros. En un hotel cerca del taller, a las afueras del pueblo. Tranquila, la habitación tiene aire acondicionado. Pues todavía me quedan unos quinientos kilómetros más. Desde el bar del hotel. Es que me quedé sin batería en el móvil. Te quiero, te digo, pero ya  has colgado, me siento colgado en este tugurio, el limbo podría ser así, un hotel de carretera de mala muerte en verano, con el coche en el taller esperando un permiso para ir al cielo, al infierno o a donde quiera que vayamos después de este cuento.
Te quiero Esther, ¿no me oyes? Al otro lado un sonido repetitivo me dice que no, que no me has oído. Te preguntaría si me echas de menos, pero soy cobarde cariño, nunca me pareceré al ogro. Quizás a la hora de ir a dormir, a la hora de dejar tu cuerpo abandonado en el sofá o la cama, Esther,quizás esta noche cuando mi respiración no lo la sientas te des cuenta que falto en casa. Esa casa con sus cuatro dormitorios, salón comedor amplio, cocina de lo más moderna, patio con jardín, salvaje que está porque al final ninguno tenemos tiempo para quitar hierbas y dejar crecer las flores, un garaje con dos plazas,... Admirable, una obra de arte enorme y preciosa pero difícil de calentar en invierno y de refrescar en verano. No era eso, no, no era eso, no era eso. Me quedo unos segundos con el aparato en la oreja esperanzado en que hayas oído mi te quiero y te hayas emocionado e incluso me hayas respondido con un "y yo a ti, mi amor". El sonido revuelve mi anhelo, me cabrea, termino por colgar el aparato que se traga unas cuantas monedas de más. Soledad de bar de carretera, mi cabeza dando saltos.

¿Ves, mamá? Soy un animal de costumbres y me he habituado a ella, a su silueta llena de redondeces, a sus suspiros, a sus miedos, a sus nervios,...Nervios, mamá, nervios es lo que tengo, no, rabia, era la rabia, bruja, que no sé nada de ti,¿dónde andarás? Esther te gustaría, sí, es tozuda como un borrico, un asno. Pero por eso es quien es hoy, empresaria mamá, gana muchos miles anuales, muchas horas de esfuerzo y sueño perdidos, sueño, ¿qué es eso?¿dónde quedó su sueño? El mío, el nuestro, los sueños, sueños son, la vida es sueño y Carpe Diem. Por eso te fuiste, ¿verdad, bruja? Por ese sueño, por librarte del ogro. Pues yo también me libré, años más tarde, a los dieciocho. Además de al ogro, dije adiós al Pedroso, al enano, a Lucita,...Personajes, personas, seres humanos con sueños propios, propietarios, minifundista, corazón minifundista.

Ahora vuelvo al exterior, al bar del motel en el que pasaré la noche. Hay aire acondicionado, le dije a Esther, haberlo hay pero no funciona. Las moscas vuelan y se dejan llevar por el ventilador, juegan con la corriente de aire, caliente, ardiente, aire. Pido una cerveza bien fresquita, no puedo con los treinta y siete grados. El camarero me sirve una jarra y un café solo. ¿Yo he pedido esto? Sí, señor, pidió las dos cosas. Tiene su lógica, mi lógica ilógica. Que sí Paula, te lo explico, que es por la tarde, la hora del café, pero resulta que tembién es verano y el verano pide a gritos una Cruzcampo bien fresquita.Primero la cerveza y luego el café. Ella, Esther, diría algo como que estoy como un cencerro, mamá, Paula, bruja. La calor me agota, las moscas atontadas me agotan, el ruido del ventilador, el resumen del Tour, algún español que consigue algo amarillo, alguno dopado. Sí, dopada, vida dopada, podría decirse que casi me intoxico. Esas máquinas que nunca me gustaron me persiguen, quizás sean ellas las que me despiertan en mitad de la noche y me provocan pesadillas. ¿Ves, Esther? No hay otro camino, tengo que cambiar mi dirección, si hubiese otro camino, el de las diez horas de tóxicos no es apropiado, que allí no hay brujas ni enanos, ogros sí, ogros siempre habrá. El camarero ahora me ha traido un bocadillo de tortilla, ¿he pedido algo más? Por lo que se ve una tapa de calamares fritos. Me asombro, ¿o no? Estoy perdiendo memoria del ahora, las cuatro cervezas que llevo ayudan a perderla, tengo que encontrar ese otro camino.Pero ahora sólo hay tres viejos en la barra ,cada uno con su vino, y algunos camioneros indecisos, a ver quién es el guapo que se sube al camión con 37º. Yo apuesto.Todos sudan, yo, los viejos, el camarero, los camioneros, las moscas, el del maillot amarillo.

Sudo, lo pienso, otra cerveza, esta vez sí, me acerco al teléfono, meto unas cuantas monedas.Te quiero, Esther, esta vez no te doy tiempo a colgar, respondes que llevas prisa, que tienes una de esas reuniones de seis cifras, sí, claro, te entiendo, entiéndeme tú a mí, mi padre, sí, el ogro, murió, vuelvo a mi infancia, al pueblo, al enano, a Lucita, a los libros del ogro que no eran del ogro. Me hubiese gustado que vienieras, que me acompañaras. Que sí, que te entiendo, que no podías dejar el trabajo, claro, cariño, no, no te echo nada en cara, si eres mi sol. ¿Que si he bebido? Un poco, no cuelgues, sólo lo justo para ser valiente y decirte que te necesito.

lunes, 7 de enero de 2013

Necesidades: Pretérito presente I y II



Es el chocolate el que no me deja dormir, o la ensalada, quizás la ensalada, alguna vez alguien me comentó que comer manzana antes de dormir no era bueno, que lo espabilaba a uno, que tenía un tipo de estimulante. Esta noche no he comido ninguna de esas tres cosas pensando que así podría llegar antes el sueño, incluso pasé del té de la tarde, no fuera a ser que luego la teína me jugase una mala pasada justo al meterme en la cama. Pero ya son más de las doce y llevo una hora buscando la postura, ora la almohada me sobra ora la necesito justo debajo del cuello.
Ella también hacía lo mismo, Paula, mi madre, la que pasó a la historia de las historias, personaje principal y casi mágico. Sí, ella solía mover la almohada unas cuantas veces antes de encontrarse a gusto, entonces me agarraba y me contaba al oído, en forma de susurro, el cuento de la bruja medio mala. Nunca llegaba a estar despierto hasta el final, ni tampoco llegaba al principio, a veces me quedaba a la mitad, porque su respiración, su aroma corporal me dejaba adormilado en cuestión de segundos ¿Será por eso? ¿Será que me falta esa valeriana? ¿Sentirme acunado? Basta de tonterías, con cuarenta años, si mi mujer supiera los pensamientos que corren por mi cabeza me echaba de casa de una patada en el culo al grito de "A ti te falta un hervor o ¿qué?"
Sí, algo así gritó mi padre a Paula, algo así que con los años conseguí borrar. Vivir con el hueco que ella dejó y mi padre fue un infierno. Paula, amada Paula, siempre sonriente, siempre alegre, te tocó de pareja un ogro y escapaste, pies en polvorosa, tu melena, tus ojos sinceros, esa sonrisa aquel día, me abrazaste, me diste un beso y sonriente, siempre sonriente, me dijiste que me cuidara, que cuidara del ogro, que la bruja medio mala tenía que ir a hacer nuevas pócimas. Yo no entendí nada, con seis años eso no se entiende, me enfadé con el ogro, lo culpé de tu huída, pero nunca pude mostrarle nada, papá era tan frío que hasta Lucita, la cocinera, intentaba siempre salir media hora antes de que llegase él para no tener que cruzar ni unas buenas tardes.
Esto no soluciona que sea casi la una de la madrugada, no soluciona que mañana tenga que levantarme a las siete para ir a trabajar con ojeras, no, Paula, no, papá. Ninguno de los dos vais a estar mañana diez horas en ese edificio haciendo máquinas que harán otras máquinas, y a su vez éstas harán máquinas que por objetivo tendrán hacer más inútil al ser humano y menos humano al que se encarga de sacar la materia prima para esas máquinas en esos terceros países. Máquinas, papá, máquinas, Paula, el niño salió informático, y después que si diseño de máquinas, y un máster por aquí y otro por allá, y ya está, trabajo, dinero y amor. Lo que cualquiera necesita para triunfar. Triunfar, ¿¡¡qué narices!!? Lo que yo necesito es dormir, como dormía en tus brazos, un sueño profundo, tranquilo. Sí, la bruja medio mala del cuento se parecía a ti, mamá, por eso me gustaba tanto que cada noche me contases sus historias, recorría medio mundo, a veces haciendo pócimas buenas, otras metiendo la pata, sí, era tu otro yo, a través de ella te desnudaste ante tu hijo, medio mala, medio mala,...Nadie podía pararte, nadie podía haber parado ese espíritu aventurero, por eso marchaste, yo no lo entendí entonces, me di cuenta después con el paso de los años, comprendí el porqué no quisiste decirme que marchabas, que me abandonabas, porque hubiese bastado una frase mía con unas lágrimas y te habrías quedado para siempre, para siempre, siempre, amarrada a él, al ogro. Me enfadé mucho, contigo, con el ogro, con los dos, la rabia la llevo dentro, no pude gritarle al ogro, ni llorarte a ti, décadas de rabia y pena. No es la manzana, no, ni el chocolate, es la rabia ¿verdad? Es ella la que me hace dar vueltas en la cama como un capullo, perdido en cuentos de infancia que quedaron en eso, cuentos. Dan las dos, ella, mi mujer, respira profundamente, ella, dulce, caliente, la única que me da realmente el pan de cada día, rico cuando ella quiere, amargo cuando no nos entendemos. Pero trabajando diez horas al día, ¿cómo puedo pedirle más? A veces me mira y suspira, me da miedo cuando hace eso, parece que echa algo en falta, algo que antes teníamos, cuando nos conocimos en la universidad, estudiantes, locos por llegar lejos y alto ¿Cuánto hace? ¿Veinticinco años? En todas esas horas nos ha dado tiempo a pelearnos y reconciliarnos, y volver a pelear y volver a reconciliarnos, y terminar la carrera y hacer el máster y el doctorado e hipotecarnos. Me da miedo perderla, ella cada noche me cuenta un cuento, sin palabras, con caricias, besos y silencios, me da miedo, me gustaría que me contase qué es eso que echa en falta, pero y si yo no pudiese dárselo, ¿qué pasaría? Me da miedo, por eso no pregunto, soy un cobarde mamá, pariste un cobarde.
El ogro no lo era, recuerdo como se encaraba ante cualquiera, implacable, robusto, valiente, todos en el pueblo lo respetaban, por miedo, Paula, todos le tenían miedo, él valiente, el resto unos cobardes, incluido yo, diciendo a todo que sí, sin musitar. Menos mal que cumplí los dieciocho, la libertad, me decidí por las máquinas, no porque me gustasen no, me decidí porque la universidad que estaba al otro lado del país era esa, la de las máquinas, lejos del ogro, casi a mil kilómetros. Supe esperar mi momento. Nunca más lo volví a ver, la rabia, Paula, la rabia me alejó de él, seguí estudiando, muy atareado, me mantuve siempre en proyectos para no tener que volver a verle la cara. Adiós, ogro, adiós.
Déjame de una vez, quiero dormir, que van a dar las cuatro, hace años que te dejé en el pueblo, ni una lágrima ni un beso el día que marché a estudiar, ni un abrazo, ni una palabra de aprobación y apoyo en toda mi niñez, ogro, que siempre lo fuiste. Aquel día te recuerdo verde, la cara verde, no la tenías verde, pero mi memoria te la pinta verde porque así son los ogros de mis cuentos. Lucita, la pobre, llorando, dándome abrazos, "que comas bien, mi niño, que tengas cuidado, ¿a ver quién se va a encargar de hacerte buenos guisos?..." Después el bus de línea, Lucita limpiándose las lágrimas con un pañuelo mojado moviendo la mano, adiós, adiós, y tú allí, en pie, con la cara verde, como si  nada. El pueblo ya eran manchas blancas cuando empecé a llorar y eché de menos a Lucita y a sus platos, y los coscorrones que me daba cuando llegaba con alguna herida en las rodillas, y sus cuidados cuando caía enfermo. Sí, Paula, mamá, Paula, sí, Lucita también fue una medio bruja, medio mala, no me acunaba, no me contaba ese cuento, pero tuvo detalles cariñosos que de alguna forma compensaron tu vacío. Al poco la ciudad me invadió, los ruidos, los coches, las luces, libros, apuntes, horas de estudio, alguna carta del ogro a la que contestaba mensualmente dando datos objetivos de mi nueva vida, "la comida bien, la ciudad es algo fría, los profesores de lo mejor,...", muchas cartas a Lucita en las que la hacía partícipe de mi vida subjetiva. La mujer se esforzaba, todavía guardo esas cartas de caligrafía inestable y  faltas de ortografía, llenas de luz, de alegría, Lucita, ¿qué será de ti ahora? ¿Seguirás viva, Lucita? Lucita, luz, sol, raíz, la única del pueblo que me quedaba. Paula tendrías que conocer a Lucita, te habría consolado, ¿dónde estarás? ¿Dónde fuiste, bruja? El ogro se fue, murió la semana pasada, me avisó un notario, la casa es mía, Paula, es decir tuya, podríamos ir allí y enterrar lo malo, mamá, y quedarnos con el cuento de la bruja medio mala a la mitad. Se lo encontró el cartero, un paquete urgente y nadie respondía, se asomó a la ventana y lo vio allí tirado, un ataque al corazón dicen, pero si él nunca lo tuvo. Los médicos no saben lo que dicen, los ogros no tienen corazón. Desde entonces no duermo, la rabia pasa a pena, el pasado se hace presente, iré al pueblo, iré esta semana y terminaré con el pasado, buscaré a Lucita, o lo que quede de ella, limpiaré la casa. Pero esta noche déjame ogro, déjame dormir.
                                                                                ***

Va en el coche viejo, el de segunda mano, el nuevo se lo quedó su mujer en la ciudad, le dijo que para un viaje tan largo que mejor se llevase el más antiguo, que mil kilómetros eran muchos para el que acababan de comprar, que el pueblo estaba donde Dios perdió el mechero y que se olvidase, que ella no pensaba acompañarlo al culo del mundo. Él ni rechistó, llevaba días sin dormir y prefirió no discutir, dijo que sí a todo, preparó la mochila y salió por la puerta de atrás no sin antes soltarle un beso a ella.Reaccíonó ante su mujer igual que cuando su padre le reprimía por alguna trastada cometida, como robar en la huerta del Severino, un viejo gritón. Todos los chiquillos del pueblo alguna vez habían intentado robar en ella, muchos lo hacían por diversión, por escuchar al viejo berrear y salir detrás de ellos garrote en mano, otros por necesidad.

 Viejo gritón, ahora deberías tener unos noventa años, seguro que naciste viejo y con garrote, y directamente de niño te dedicabas a darle caña a todos los que pasaban por tu vera. Un enano viejo gruñón, porque eras viejo y enano además de gruñón. El enano, menudas bofetadas me llevé aquel día, enano, que no fue culpa tuya, que yo no te culpo, que tú hacías el rol que te correspondía, darles caña a los niños que te robaban la paz del país de los enanos, de las calabazas, de los pimientos, de los pepinos, de los tomates, de las gallinas y los gallos que día tras día cuidabas con esmero. Solitario, viejo y gruñón, enano, tu mujer se fue al otro barrio muy joven de una neumonía, tanto que no le dio tiempo a regalarte un enanito que siguiese la estirpe de los enanos y de los garrotes y de las carreras detrás de los monstruos que te jodíamos la huerta. Sí, si mañana me encontrase contigo por el pueblo podría darte un abrazo sin miedo a un palo por aquella sandía que te robé, enano, arrugado, silencioso.

La sandía, mira que pillé la más pequeña para correr más ligero y que no me dieras alcance, pero aquel día anduviste con ojo y me cogiste de la oreja nada más empezar a andar con la fruta bajo mi brazo. Oí las risas de los demás a lo lejos, la vergüenza me daba igual, eso, la hombría, me daba igual, te lloré, te pedí que no, que enano que por favor a mi padre con aquella historia que no, que yo te ayudaría en la huerta lo que creyeses necesario, pero a él no. No sirvió de nada, llamaste a la puerta de mi casa sin soltarme la oreja ni un momento, preguntaste por Don Rafael, el ogro, Lucita, a la pobre se la cambió la cara, ella sabía lo que me esperaba. Cuando apareció el ogro, casi una hora después, te invitó a pasar, Severino, hombre, perdone usted que le haya hecho esperar, claro, ocuparse de tanta gente y tierras tiene su aquello. Enano, deja de disculparlo que no tiene perdón de Dios, que es un ogro, ¿no lo ves?Un ogro latifundista, enano minifundista, un ogro que todavía no me explico como no tocó tu país y te hizo esclavo como lo era el resto del pueblo. No se preocupe que el niño tendrá su merecido, y entonces soltó el ogro la furia y me cruzó la cara por cuatro veces, tú te quedaste frío, hombre Don Rafael, tampoco es cuestión, que sólo tiene ocho años. La jodiste enano ¿Entonces? ¿Para qué viene aquí, Severino?¿Para decirme cómo tengo que educar a este hijo de puta? El hijo de puta era yo, porque según mi padre, mi madre, Paula,  era una puta que se fue con otro, y el pobre ogro sin saber que de puta nada, que era una bruja medio mala.

Severino, te fuiste sin decir nada más, como hacían todos en el pueblo, papá, que el miedo no es respeto, que el miedo es miedo. Enano, aquel día saliste de mi casa más enano si cabe, gruñón, yo me comí después unas cuantas bofetadas más, cuatro, ocho,diez, veinte,...No sé, no lo recuerdo, perdí la cuenta, sólo recuerdo el dolor, no el físico, no, la rabia.  Y no te culpo, te lo vuelvo a repetir viejo gritón, que la siguiente vez que me pillaste robando en tu minifundio, esta vez fue un melón, fuiste más listo, o te di pena  y te apiadaste de mí, y me pusiste de castigo currar en tu huerta tres días. Pero a tu padre no le digo nada, niño, a tu padre no, y ahí descubrí que tenías corazón, o al menos parte, sí, tenías humanidad, y así, en secreto, en silencio, pasó el castigo, y los tres días se convirtieron en cuatro, en cinco, en seis, en siete, ...

"Chiquillo, que manos más sucias traes, y la ropa llena de tierra ¿En qué andarás metido? Que un señorito no puede andar así, sucio todo el día". Lucita, lista, mucho, se dio cuenta de mis manos sucias y la tierra que arrastraba siempre, así que pasó un día por tu huerta y nos pilló en plena faena con las malas hierbas, ande Severino, que digo yo que la huerta le luce mucho, que como se le ocurre poner al hijo de Don Rafael a trabajar. Y tú, enano, que de tonto no tenías nada fuiste directo, mire usted que el niño ya sabe casi todo lo que tiene que saber un hombre sobre el campo, que el niño ya sabe lo jodido que es trabajar la tierra, que así cuando herede el latifundio sabrá el sudor que vale una patata y se lo pensará más de dos veces antes de maltratar al campesino como hace su... Severino, que como entere Don Rafael lo mata a usted y al garrote. Lucita, que no te preocupes que mi padre no se va a enterar, que a mí me gusta esto de la huerta, llorando Lucita, aquello lo dije llorando, y tranquila que el resto de niños no dirá nada, que ya los he amenazado con mi padre y no dirán ni pío. Y así concluyeron que aquel sería el secreto, nuestro secreto, un pacto entre un enano minifundista y una bruja cocinera. Era verano, Lucita, feliz que fui, me lo tiré entero entre la huerta y los libros, entre la huerta y el río, entre el río y los libros. Enano, revolucionario y gruñón,  el ogro no pudo contigo.   

Pero los kilómetros sí han podido con este coche que se me para ahora en mitad del camino,  que me quedan quinientos kilómetros para llegar al pueblo todavía.Gilipollas que he sido, enano, siempre lo he sido, y ahora por hacerle caso a mi mujer, la que me da calor cuando puede, tendría que haber cogido el nuevo, aquí estoy en mitad de camino a ese pasado al que no termino de llegar nunca. Enano, una pena que no me enseñaras mecánica, con la falta que me haría ahora. Aunque la mecánica para qué, si hoy en día todas las máquinas tienen chips y microchips, hasta los coches, enano, chips de esos inteligentes que nos hacen más tontos a los humanos. Mis máquinas, con las que yo trabajo, también tienen de eso, chips y michochips, y cuanto más trabajo con ellas más convencido estoy que son ellas las que trabajan conmigo y me utilizan a su antojo. Eso no pasaba en tu huerta, allí las máquinas sí eran mecánica y nosotras las manejábamos. La grúa en media hora dicen que estará aquí, con esta calor sofocante me va a dar algo, el río, quién pudiera estar ahora al lado del río,y darse un baño y saltar de la roca del Pedroso, zambullirse en las aguas cristalinas y olvidar este sudor que recorre mi piel. Aquel verano, el de mi octavo cumpleaños, los tomates que me dabas enano, riquísimos, que me sabían a gloria, y no eran diferentes al resto, únicamente los vi crecer, los regué, los cuidé y por eso me sabían más y mejor. Si mi mujer hubiese venido, con lo que le gustan los tomates, se habría enamorado del pueblo con sólo probar tus tomates, enano. Te dejo en la huerta,Severino, que ya llega la dichosa grúa y ahora tocará pelearse con los del taller, los del seguro y con mi mujer.

martes, 11 de diciembre de 2012

Necesidades: Admirar


Tengo que contarlo porque me ha impactado su entereza. Hoy, en clase de uno de esos idiomas en los que me ando perdiendo, he vuelto a ver a una compañera que llevaba más de dos meses sin venir. Me ha sonreído y ha hecho sitio para que me sentase a su lado. Desde el primer día de clase me cayó bien, más cerca de los cincuenta que de las cuarenta, lleva unos tres años por estos lares, es de más al norte, pero parece que se enamoró y se quedó por aquí. Viajera incansable y seducida por esas otras lenguas, risueña, independiente. Los pocos días que coincidimos a principio de curso hicimos buenas migas, había cosas de las que hablar, cine, libros, anécdotas de visitas a otros países. Pero al mes empezó al faltar, no tenía su teléfono, ni su mail, ni nada. Más de una vez me acordé de ella, porque el resto de compañeros parecía un grupo algo más cerrado, ya hecho. Y hoy al llegar me la encuentro allí, y me alegro al verla, y como soy curiosa y habladora le pregunto. ¿Cómo estás?¿Por qué has faltado estos meses? Y ella como el que habla del tiempo me responde que una operación de cáncer, que de cáncer de colon, que está en tratamiento, que vendrá los días que pueda. Y abro los ojos. Tienes una fuerza increíble, le digo. Ha notado mi cara de admiración, la veo con un aplomo y serenidad asombrosos. El profesor le manda hacer una presentación oral de unos minutos, la improvisa, le sale bien, al terminar los compañeros le aplauden por su discurso, yo también, la determinación y la fortaleza bien se merecen  una ovación. 
Nunca dejes de batallar.

martes, 4 de diciembre de 2012

Necesidades: De trotar

Alpes alemanes
Dilata el tiempo, lo extiende jugando con las gotas que caen del árbol, ahora pongo la mano, ahora la cabeza. Mojarse mola, salta de arbusto en arbusto, las últimas lluvias han dejado un verde vivo en el suelo y un azul sagaz en el cielo. Si viviese en un país del sur sería primavera, pero ella está más al norte, allá en las montañas, verano, es verano. Rueda desde la cima, se deja caer, risueña, niña que sigue siendo, aunque nacida en 1880 sigue siendo niña. Porque los libros son libros y el anime anime, y la tele la tele, y entonces en 1974 algo pasó por la mente de un japonés y aquello ha marcado generaciones en nuestro país y parte del universo. Ella sigue allí riendo de todo y dejando de llorar para hacer reír al otro, tierna, siempre infantil. A veces discute con las vacas, sí, son gordas y no se mueven, y la leche mi abuelo la prefiere de cabra, piensa mientras evita un grupo de ellas. Les saca la lengua y les palmea el lomo, anda moveos, vagas que sólo sabéis pacer y mirar con cara de malas pulgas a los pocos que pasamos por aquí, además de las cacotas, que ando siempre pisando algún regalito vuestro. Pasa de largo y brinca un poco más abajo, allí su amigo, ese inseparable que también es medio niño la espera. Entre risas pasan el día, llevando el ganado por toda la montaña, divisando las otras y leyendo los movimientos de los pájaros. El tiempo va a cambiar esta misma tarde, su amigo podría haber trabajado en el telediario  o como científico en alguna universidad prediciendo el clima, podría y todavía puede, pero no quiere. Inseparables, son los únicos niños del lugar, eternamente lo serán para nosotros. Sólo un viejo serio de barba blanca, y un perro, y una cabrita, y un pajarito, y esa infancia que queda entre dicho porque cada vez queda más lejos, más difusa, distraída, la olvido, se deshace, dibujos, canciones, olores, meriendas, el barrio,...

lunes, 3 de diciembre de 2012

Nanorelatos: Conectados

Corea del Sur

Cuando despertó su parada había pasado, miró el mapa y decidió llegar al al final de la línea siete. Ver el último barrio de la urbe sería una experiencia, todavía no sabía si buena o mala. Quedaban unas quince estaciones así que podría curiosear, ver a los pasajeros leer, escuchar ese idioma de melodía saltarina, observar las ropas, las caras,...Incluso podría intentar hablar con alguno de ellos, preguntar cosas de la ciudad, de los horarios. Lo intentó, buscó alguna mirada aliada, puso cara de turista, sonrió,pero fue imposible, las pantallas estaban allí y ellos no asomaron.

Necesidades: Al final...

Venecia
Su princesa estaba detrás de alguna de esas ventanas, era la prueba final, después de haber cruzado el desierto, luchado con monstruos, comido serpientes, dormido bajo las estrellas. Después de pisar países, algunos inhóspitos con pobladores hostiles que no lo entendían, otros más acogedores que hacían de la estancia un placer. Después de buscar en mapas, cruzar mares verdes y amarillos, evitar volcanes y tormentas de hielo. Después de todo eso allí estaba él. Se quedó sentado sin poder decidir qué puerta elegir. No podía equivocarse, tanto batallar y al fin llegó el momento esperado. Pasaron horas, miraba con cuidado cada una de ellas cambiando de lugar. Quizás haya una pista y no he sido capaz de verla, se decía mientras se movía nervioso. Podría ser aquella ventana amarilla de la derecha, sí, puede ser, ¿una princesa debe vivir tras el color dorado? ¿Y las de madera? Si fuera alguna de madera debería ser la más cuidada y mejor pintada.Andaba en estos pensamientos cuando un vendedor ambulante pasó por su lado e intentó negociar con él unas pieles que decía eran de oso, conversaron unos minutos en los que pudo saber que aquella ciudad tenía las murallas más bonitas del mundo y un puerto en el que vendían el pescado más exquisito del país. Como todavía era temprano y no sabía qué puerta elegir se dirigió al puerto, comió algo y se mezcló con las gentes del lugar. Conoció a unos marineros muy toscos y rudos que tenían el cuerpo lleno de tatuajes y jugaban a las cartas mientras bebían sin parar. Hablaban de un capitán obtuso que abusaba del poder, un tirano sin cabeza ni pies. Pasó la noche con ellos. Al amanecer volvió a las ventanas y su dilema seguía sin resolver. Así pasaron los días y veinte años después todavía no había llamado a ninguna de las puertas, mientras se decidía aprendió el oficio del mar y montó una pequeña empresa de pesca y venta en el pueblo. Conoció a los vecinos y sus tradiciones. Ahora, cada mañana, antes de ir a trabajar se para cinco minutos frente a las ventanas, las mira y sonríe al ver a un chicho joven con cara de indeciso.

Necesidades: Desembarco



No tengo tanta fuerza de voluntad, lo sé, pero lo intento, creo que puedo, hoy sí, creo que puedo olvidar todo lo demás, ese demás en el que están ellos cinco en general y uno en particular. Carpe diem, dicen tus ojos mientras relatas las proezas de la semana, sin embargo no entiendo nada, olvidé el latín de 3º y de COU, y el griego también, las decepciones de la semana no me dejan procesar más allá. Nos sentamos en el sofá, ese que no conocemos, que cada viernes cambia, de color, de tamaño y grosor. Nos acomodamos y nos retratamos. El vuelo bien, como siempre dormida, ni las azafatas vendiendo el motor derecho del avión me han despertado. ¿Y el tuyo?Turbulencias, muy divertido hasta que el niño de atrás se puso a gritar y se comió a sus padres. Me encantan tus figuras estilísticas, me encanta tu figura. Te digo adulador, y no lo eres, simplemente te encanto, o ¿no? Después de deshacernos en palabras y hechos salimos a la calle. Siempre es una ciudad  extraña para ambos, así que caminamos por parques y callejuelas haciendo hincapié en los barrios mestizos que no castizos. Las poco más de 48 horas suelen pasar como un suspiro. A la vuelta todo parece gris, es domingo, ya no me hace ilusión sacar la tarjeta de embarque, las tarjetas de embarque de los domingos son absurdas y tristes. Mientras miro la pantalla de salidas llega un mensaje a mi teléfono, dices que estás embarcando. Sigo en la T4, respondo, el mío sale con retraso. Con retraso llego a mi ciudad, después de una hora de coche, consigo aparcar. Las calles están ya dormidas, por las ventanas se ven las televisiones encendidas, mis pasos hacen eco. El eco duele, la realidad de ellos cinco en general y uno en particular más.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Necesidades:Genios


Cuando acabó la disertación el público quedó en silencio, terminaron asombrados ante las declaraciones del ponente,incluso los periodistas, nadie se atrevía a preguntar hasta que algunos empezaron a aplaudir y contagiaron al resto, se dio por finalizada la jornada. El nuevo descubrimiento, aquel bacilo que tanto mal había hecho a la humanidad durante siglos ahora se convertía en un aliado. Y todo después de ocho largos años de estudio, respondió el homenajeado mientras peleaba con el filete de ternera en la comida que clausuraba el congreso. Los médicos, periodistas y políticos más importantes del país se habían congregado allí para conocer ese descubrimiento y reconocer el esfuerzo de Alejandro Otero y su hallazgo, un bacilo que empezaba a vacilar y ganarle la batalla a algunas de las enfermedades más cruentas de la humanidad. Él estaba muy excitado, los flashes le hacían parpadear más de lo normal; las únicas conversaciones completas que pudo mantener fueron durante la comida, con los dos comensales que estaban a su lado, el presidente y el gestor de un centro hospitalario de la región, y durante las copas, a las cinco de la mañana con Lázaro, un médico de familia mallorquín que se coló en la  cena para saciar su curiosidad. Alejandro aunque nervioso supo mostrar plante de tranquilidad y sosiego, mantuvo las formas, la sonrisa y el saber estar. Pero después de tanto trabajo como decía haber tenido, y sobre todo después del vino y el güisqui del día, acabó junto al mallorquín el cual pretendió arreglar el mundo y conocer de cerca al tan afamado Alejandro Otero en aquella barra.

- Ocho años de esfuerzo y trabajo, ¡ja!, ocho años sí, pero de esfuerzo y trabajo un pirulín - él ya no veía ni las agujas del reloj, ni recordaba el número de su habitación, no sabía cuantas copas llevaba en su cuerpo. Lázaro aunque también había bebido lo suyo no pudo obviar ese comentario, sonrió y animó al descubridor a que siguiera el discurso privado entre hipidos.

- ¿Me lo repites?- el otro se tambalea sobre la silla, agarra su vaso y da otro sorbo antes de proseguir.

- Bueno, sí, si hablamos literalmente no fueron ocho años de trabajo, más bien unos treinta. Además no fueron míos, claro que no, yo no podría haber perdido tanto tiempo en esas búsquedas imberbes, ni se me habrían ocurrido esas hipótesis descerebradas.No,no,no...-Otro sorbo y calla, se apoya en la barra casi está a punto de dormirse. Pero Lárazo no ceja, quiere enterarse de todo. 

- ¿Entonces?

- ¿Entonces? Pues sólo hay que saber escuchar a un médico jubilado medio excéntrico y solitario, uno de pacotilla, como tú,  entonces te ganas su confianza. Después te deja entrar en su casa, te enseña su teoría, la obsesión de toda su vida y hasta tiene pruebas de laboratorio recogidas. Al principio no le haces caso, lo escuchas por escuchar, pero luego te das cuenta que hay algo de razón y que lo que expone no es tan descabellado. Inicias por tu cuenta una investigación para comprobar lo que el excéntrico te expone, claramente él no sabrá nada de lo que has comenzado, y cuando empiezas a ver que quizás tenga razón te lo quitas de en medio y montas el proyecto por lo legal y siendo tú mismo el titular del estudio y de las ideas.

- ¿¿¿¡¡¡Cómo!!!!???? Estás de broma, ¿verdad?- Lázaro tiembla ante esa perspectiva y duda si el ser humano podría ser más perverso.

- No.

- ¿Y qué ha sido de ese médico loco y de pacotilla?¿Qué ha sido del descubridor real de todo esto?

- Criando malvas, aguantó hasta los noventa- Lázaro se pone en pie, mira con asco y decepción a aquel que cinco minutos antes admiró, estaba a piques de irse cuando Alejandro lo tomó por el brazo.- Y no intentes nada, eres un  pacotilla más con cara de excéntrico, nadie te creería. 

A la mañana siguiente Alejandro tembló, la resaca se unió al recuerdo de un Lázaro que aún no sabía si pertenecía al mundo real o a su conciencia.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Necesidades: De interpretar



Vivo en una casa de vecinos muy antigua, de esas de techos altos con vigas de madera y paredes blancas. Está algo ojerosa, alicaída, desconchada, pero se mantiene en pie con la dignidad que le ha regalado el tiempo. Al entrar un pequeño patio recibe al visitante, en el centro varias plantas que merecen ese lugar se pelean por los rayos de sol. En el patio siempre hay movimiento, las puertas de los cuatro vecinos suelen estar abiertas, siempre se oye una televisión, una conversación, siempre huele a guiso o a café recién hecho. Arriba vivo yo sola, o vivía, porque hace unas semanas se mudaron al lado nuevos moradores. La primera vez que me encontré con uno de ellos me asusté, entré en el zaguán que estaba a oscuras buscando la llave en el bolso, di dos pasos y tropecé con un bulto, di un salto, qué era aquello, no podía ver nada, oí un quejido y al encender la luz descubrí que era un chico de unos quince años, estaba sentado en el suelo con un miniordenador. Su mirada pedía disculpas  aunque también mostraba sobresalto, no acertó a decir palabra. Creí que sería un familiar de alguno de los vecinos de abajo, pero al subir salió de la puerta que hay al lado de mi piso un hombre de unos cincuenta años, me saludó y dijo "Voy a ver cómo está el chico" Me extrañó, porque el chico que yo había visto no era muy chico, era un adolescente, y allí en el zaguán, navegando por internet con la wifi "prestada" no le pasaría nada. Después he visto a ambos inquilinos otras veces, al chico casi todos los días en el zaguán, embebido con su portátil, ahora me saludaba con la cabeza, me ayudaba con las bolsas de la compra o me sonreía cuando llegaba por la tarde. De forma inconsciente me vi conversando con él en silencio, intercambiando gestos para preguntarle si no tenía frío allí sentado en el suelo o si podía ayudarme a abrir la puerta. Hasta que hoy me he dado cuenta de porqué el chico del zaguán me mira a los ojos, gesticula e interpreta tan bien mis muecas.
"Más rápidas las he visto"

Necesidades: Dinís desde Mozambique




Mientras leo "Resistencia" de Rosa Aneiros, uno de los personajes que describe en su libro se ha metido en mi cabeza y me ha dictado esta carta, el personaje está en Mozambique en las filas portuguesas en un año de los 60:

"As veces isto paréceme estraño, ter isto, isto que coidamos ambos os dous, día a día na distancia, isto que coida de min, da miña cabeza. Non é doado, non, e moito menos na guerra na que os nosos fillos, pais, primos e irmáns se encontran, a mesma que hai un ano separounos levándome ata este inferno. Aquí, enMozambique, non estamos a facer nada, aquí xa hai escravitude abondo coma para vir  aumentala. Vexo os meus veciños violar nenas e maltratar outros homes, trátanos coma se fosen animais ou cans, e só porque teñen a pel escura e falan doutro xeito. Esta xente non ten nada, e o pouco que lles queda, a dignidade, será machucada por nós. Nunca cheguei a pensar nin crer que os meus veciños, eses que teñen fillas e nais poderían facer o que están a facer, son monstros, xa non podo velos como os meus veciños e seguen séndoo. A dor non pasa, só o teu rostro me fai esquecer onde estou, ás veces desaparece a túa cara e o meu corazón acelérase, o medo, sempre o medo a perder a miña guía, os recordos  da nosa vila, a praia, nosos corpos baixo o sol, a tranquilidade, a inocencia que deixei ao teu lado. O noso goberno non sabe ou non quere saber que esta guerra non é nosa, que estas terras non son nosas. Moitos dos homes que o goberno di que están desaparecidos morreron hai meses na batalla, moitos nunca volverán, quizais eu mañá desapareza, se ten que ser así será, pero non quero que esquezas que o único que me mantivo coa cabeza e o corazón cordos foi o teu recordo.Xa non creo na miña patria, nin na 
miña bandeira, nin no meu país, só creo en ti."

domingo, 25 de noviembre de 2012

Necesidades: Amigos para siempre



Paco, Ana y Mariano. Ana, Mariano y Paco. Mariano, Paco y Ana. Un desorden en el orden porque ninguno recuerda con exactitud quién envió a quién la invitación a Facebook. 

Ana tenía una prima lejana, tanto de sangre como en la distancia, pero por ello no dejaban de ser familia así que se tenían en Facebook. Un día, concretamente un domingo tarde deprimente, Ana comentó una fotografía en la que habían etiquetado a su prima. Era la imagen de unas montañas nevadas. Preciosa, se dijo Ana. El autor de la fotografía, Paco, amigo de la prima de Ana, agradeció los elogios de esta última. Intercambiaron varios comentarios sobre el mundo de las instantáneas y en pocas semanas compartían muro, fotos y comentarios. Coincidían en miles de cosas, además del gusto por la fotografía ambos practicaban senderismo cada fin de semana, Ana en la provincia gaditana, Alcornocales y Grazalema, Paco en la provincia de Ourense, por el Invenadeiro y la Enciña da Lastra. En cuestión de dos meses ya se tenían por buenos amigos y hasta se contaban las cosas diarias que los entristecían o les hacían reír. Ambos casados, uno con dos niños, la otra sin hijos y sin ganas de buscarlos. En ningún momento escondieron nada a sus respectivas parejas, porque se consideraron amigos desde el principio, hasta tal punto que pensaron que uno de ellos fuese a conocer al otro en persona y parase en el hogar familiar. Pero esas cosas se dicen y se piensan mucho, y entre medias resultó que Paco, apuntado a un club de fotografía por internet que publicaba una revista mensual, logró hablar por mail con Mariano, el escritor madrileño de uno de los artículos que había leído en el número del mes anterior. De un mail semanal pasaron a dos diarios, al principio hablaban de encuadres, de la luz y de las cámaras que había en el mercado, al final uno de los dos cayó en eso de que tenían Facebook y que allí podrían intercambian imágenes y demás. Claramente Paco le habló a Ana de Mariano y a Mariano de Ana, y en menos de lo que canta un gallo se habían conectado por la red social.
A partir de entonces los tres desarrollaron una actividad frenética en Facebook, parecía que se conocían de toda la vida. Así que después de dos años y medio de conversaciones vía teclado decidieron que tenían que verse los tres, hacer alguna ruta por algún paraje natural, sacar fotos y disfrutar de esa amistad que habían entablado en la distancia.

Quedaron en Madrid, a Mariano le venía perfecto, él se encargó de planificar la caminata por el parque de Peñalara, Paco y Ana irían volando. Al principio era algo extraño, verse en persona los tres, poco a poco fueron cogiendo confianza. 

Ana pensó que eran unos tíos muy majos, con el pequeño detalle de que Mariano fumaba, su coche, su ropa y todo él olía a tabaco, cosa que le repugnaba bastante, porque después de estar un rato juntos ella misma sentía que hedía a tabaco. Además descubrió que Mariano era muy educado, pero justamente con el tema del tabaco no lo era tanto, ya que no pedía permiso para encender un cigarro y echaba el humo como una chimenea hacía sus interlocutores.
"Ya podría  preguntar si molesta"
Paco al menos no fumaba, era más callado de lo que se imaginaba, por Facebook se mostraba más extrovertido, casi podía haberse dicho que era en persona todo lo contrario, tímido. Durante el fin de semana se mostró tan silencioso que a veces ella misma sacaba temas de conversación, esperando hacer más amena la caminata por el monte y los trayectos en coche.
"Pues menudo compañero de viaje"
 Aquello a Ana le desagradó bastante.

A Paco también le dio muy buena impresión tanto Ana como Mariano. Al principio todo iba perfecto, Ana no paraba de parlotear, pensó que era la emoción del encuentro, pero con el paso del tiempo y las horas Ana no callaba la boca, y Paco acabó sufriendo un dolor de cabeza insoportable y deseando que Ana cerrase el pico. No podía con aquella voz de pito.
"¡Qué se calle de una vez, por Dios!"
Mariano al menos era más tranquilo, aunque a veces, según el criterio de Paco, Mariano se mostró un poco perezoso, ya que los cuatro días que estuvieron por la sierra no pudieron hacer excursiones de día entero porque Mariano tenía que volver a la casa rural a hacer su siesta de hora y media. 
"¡Y no podrá dejar la siesta para otro día!"
Aquello a Paco le disgustó bastante. 

A Mariano le agradó su nueva compañía, parecían gente encantadora. Aunque en cuatro días se dio cuenta de que Paco iba demasiado rápido en las caminatas, casi iba tirando de los demás y a él le costaba seguir el ritmo, pensó que Paco no era un tipo que respetase el ritmo de los demás, ni que tuviese en cuenta al otro al ir de senderismo.
"Más empáticos los he conocido yo"
Ella sin embargo parecía simpática, hablaba y reía. Sin embargo durante la convivencia en la casa rural le pareció que Ana estuvo muy pesada cuando le insistía en que fumase fuera de la casa y que recogiese las cenizas del cenicero cada dos por tres. 
"¡Ni que fuera mi madre!"
Aquello a Mariano le enojó bastante.

Al despedirse en el aeropuerto ninguno fue capaz de de decir más allá de lo socialmente aceptado, "Hasta la próxima. Ha sido un buen encuentro.¡Qué bien lo hemos pasado! Tenemos que repetir. Colgaré las fotos por Facebook". Ya en sus respectivas casas contaron a sus respectivos familiares o amigos lo acontecido poniendo el acento en aquellas cosas que molestaron a cada uno de ellos de los otros dos. Nunca ninguno de ellos se sinceró, pero eso sí, siguieron siendo amigos por Facebook.