martes 22 de diciembre de 2009

Necesidades: Raúl y su camino.

Tomó el último metro de la noche, el de las 2:00, había pensado que no llegaría a tiempo, pero allí estaba, sonriente viéndose reflejado en el sucio cristal de la ventana mientras aquel trasto avanzaba bajo una ciudad dormida. El concierto fue un éxito, el montaje había salido a pedir de boca, una medalla más en sus victorias personales. La máquina seguía avanzando. El resto del grupo se quedó a celebrarlo, dijeron que sólo una cerveza, pero Raúl ya sabía que eso significaba varias cervezas y tenía muchos planes para el día siguiente, Pablo, sus libros, unas llamadas. Vivir unas cosas significaba perderse otras, a él le importaba un pimiento la celebración que se iba a perder esa noche.

Subió el portal a oscuras, conocía cada rincón de aquel edificio demasiado bien, treinta y tres años en él lo avalaban. Al llegar a la cuarta planta y sacar las llaves oyó unos pasitos; parecían de un gato. Se giró y descubrió en la oscuridad los ojos de un animalillo, parecía un perro, estaba quieto, pero no se asustó ante Raúl. Miró con más intensidad aquel ser, se percató de que no era un perro sino un zorro. El animal echó un último vistazo y se dio la vuelta. Desapareció por el pasillo. Raúl se frotó los párpados, habría sido un sueño, era imposible que hubiese un zorro suelto en pleno Madrid.

Sábado por la mañana llegó con todas sus satisfacciones expuestas; preparó el desayuno para Pablo y le hizo el amor, escucharon la radio. Durante el resto del día bajaron a la piscina y fueron al centro a por los libros que habían encargado la semana anterior. Por la tarde lo llamó Susana, la vocal del grupo, los propietarios del bar querían que repitiesen el concierto el viernes próximo. “Claro que sí, estoy deseándolo”. Una razón más para sonreír en el trabajo durante la semana. De lunes a viernes Raúl aseguraba coches, casas, propiedades y vidas en una empresa grande y putrefacta, pero era su medio de vida, tenía que ir impecablemente vestido y ser impecablemente amable. Mientras siguiese tocando los fines de semana en los bares y Pablo estuviese a su lado aquel trabajo no podría con él ni con sus ganas de vivir.

El jueves su jornada laboral se alargó por unos fallos en la contabilidad de algunos seguros. A las nueve terminó y su jefe le dio permiso para salir, decidió ir a casa caminando, disfrutando de cada paso. Ya estaba cerca el fin de semana, rebosaba alegría. Atravesó el parque, a esas horas, aunque oscuro era seguro. De nuevo se giró sobre sí y vio aquellos ojos pequeños bañados por la noche, el mismo zorro de la otra vez se acercaba a él olfateando el aire. Era extraño, ¿lo que estaba viendo era real?

El intento de acercamiento no habría servido de nada, a los pocos segundos el animal ya se había dado media vuelta. Apesadumbrado Raúl siguió su camino, “¿Y si ese animal se ha escapado de algún zoológico?, ¿es posible que haya bajado desde la sierra y haya cogido el camino incorrecto?” Con estas palabras en su cabeza llegó al piso, le explicó a Pablo lo ocurrido. Pablo encontró otra explicación “Alguien que lo tenía como animal de compañía de forma ilegal lo ha abandonado”.

El viernes volvió a tomar el último metro. Otra vez había sido un éxito, el bar lleno de gente; el público tarareaba sus canciones, conocían sus canciones, además el dueño del local quería contratarles para una sala de conciertos que tenía en Zaragoza. Llegó al portal con ganas de contárselo todo a Pablo. Pero esta vez se acordó del zorro y pulsó el interruptor del cuarto piso, la luz no se encendió, estaba fundida. “Menuda suerte”. Al llegar a la puerta oyó los singulares pasos de aquel animalillo a sus espaldas. Esta vez no se dio la vuelta, quería cerciorarse de que lo que veía era cierto. Como la luz del portal no funcionaba abrió la puerta de su vivienda y con rapidez encendió la luz esperando que iluminara al zorro. Sentía la respiración del zorro justo detrás de él. Al girarse lo único que vio fue su propia sombra. El animal había desaparecido por completo. Respiró resignado.

En el dormitorio encontró una nota, en ella Pablo se despedía, le pedía perdón, le había dejado de querer. Apagó la luz, Raúl se sintió abandonado, respiró resignado.

sábado 19 de diciembre de 2009

Necesidades: Enganchada

Gracias a esos libros que me quitan horas de sueño.

Los solía llevar en su bolso por todos los rincones de la ciudad. El psicólogo le había dado el diagnóstico: adicción a la lectura.

Ella le había replicado que sólo era un libro para leer en el autobús o mientras esperaba en el banco. Pero sabía que se mentía a si misma, sabía que no podía pasar tres horas seguidas sin abrir uno y devorarlo capítulo a capítulo, página a página. Lo peor llegaba con la noche, ya en casa se dirigía a la estantería, ellos estaban atemorizados, temblaban, echaba una ojeada y elegía uno. El resto de ellos esa noche respiraba aliviado. La masacre se daba cuando llegaba el punto culmen de la intriga; el libro se sentía cansado después de tres horas de servicio. Pero ella no estaba dispuesta a dormir sin llegar a saber el final, ¿y si su teoría inicial era acertada?

Necesidades: Confianza (3ª parte, final)

- ¿Sabe que estás aquí? – cierra la puerta rápidamente.

- No, está con su amiga Ruth, cree que trabajo hoy en la pastelería. Anda Álvaro quita la televisión y escúchame. Queda un día, si mañana no lo ha abierto tendrás que cumplir tu palabra, vendremos a eso de las cinco de la tarde – la sonrisa de Álvaro ha desaparecido, al fin logra articular palabra.

- Sí, ya lo sé. He hecho la maleta, en cuanto vengáis mañana te dejaré el piso. Las escrituras están en este cajón. Felicidades, has ganado la apuesta. ¿Qué vas hacer con el piso? – su voz es de una completa derrota.
- Voy a montar un taller de pintura. Y ¿tú? ¿qué habrías hecho con mi casa de haber ganado la apuesta?
- Pues venderla y vivir unos años sin madrugar para ir a trabajar a correos, ¿te parece poco?

*

Fuimos a casa de Álvaro el domingo, todavía se encontraba mal e insistí en verlo. Miguel me acompañó, al principio me pareció extraño. “¿Desde cuándo a mi marido le caía bien Álvaro?” Estábamos en el salón los tres sentados, yo noté que algo se me escapaba. Ellos hablaban como si fueran amigos de toda la vida. Comenzaron por el fútbol, siguieron algunos grupos de música y terminaron criticando el Ayuntamiento. “Puede ser que ahora se lleven mejor” Animada por la situación fui a la cocina a preparar un café para nosotros dos y coger un yogurt natural para Álvaro. Estaba contrariada ante tanta fraternidad, a la vez contenta ante la posibilidad de estar con ambos sin que discutieran y se tirasen nada a la cabeza. Las tazas, el azúcar y unas cucharas. Cuando vuelvo al salón la situación ha dado un giro de ciento ochenta grados.

- Sonia, ¿no tenías el sobre en el bolso? – es Álvaro quien pregunta y mi marido quien busca en el bolso frenéticamente.

- Pues…, eso es una de las cosas por las que quería verte hoy Álvaro – siento los cuatro ojos posados sobre mí, me pongo tensa porque ellos lo están, dejo la bandeja en la mesa – La última vez que lo vi fue el viernes en el almacén del trabajo, me quedé dormida diez minutos, desde entonces lo he buscado por todas partes para traértelo pero no lo he encontrado por ningún sitio, espero no haberte buscado un problema – se miran, me miran, mi marido se pone colorados de ira.

- Pero, ¿cómo puedes haber perdido el sobre?- es Miguel quien se acerca gritándome.

- Tranquilízate, si lo ha perdido no podemos seguir adelante.

- Adelante, ¿con qué? – las dudas me asaltan - ¿qué os pasa?

- Álvaro, aunque lo haya perdido en ningún momento llegó a abrirlo, así que ya sabes – el otro se ríe.

- Lo siento, pero si no lo hubiese perdido lo habría tenido más tiempo y habría podido abrirlo, ¿no te parece? Además en este papel que está firmado ante notario no recogimos ninguno la posibilidad de que perdiera el sobre, tú pusiste que no lo abriría y yo que sí. Únicamente esas posibilidades – están en pie y se gritan a la cara. Yo no sé a que viene todo esto, pero si dejo que se chillen quizá logre entender algo. Para mi asombro Álvaro va a la cocina y coge dos cervezas para ellos.

Ya ha pasado la borrasca y yo aún no la logro entender.

viernes 18 de diciembre de 2009

Necesidades: Confianza (2ª parte)

Me siento en el autobús, al fondo, allí puedo escabullirme y perderme en la lectura de mi libro de bolsillo. Al rato llego a La Orotava, Geno de diez años juega con la tierra mientras su madre, Ruth, la mira babeando ante su propia creación. Descubro de golpe mi ignorancia sobre los sentimientos maternos.

- Cada vez que la veo está más grande – me siento junto a Ruth.

- Pues sí. Es increíble, que rápido pasa el tiempo - me invita a un cigarrillo – ¿y esas ojeras que traes?

Logro explicarle lo de mi insomnio, a veces me lío hablando y parece que quiero decir otra cosa, pero después de tantos años escuchando mis memeces ella me entiende; en unos diez minutos llegamos a la conclusión de mi crisis existencial, la típica de los cuarenta. No hay vuelta de hoja. Después de dos horas conversando con ella me siento mucho mejor, agradezco que exista de pensamiento, pero no se lo digo, no quiero parecer moña.

En casa Miguel ha preparado la cena, de fondo Leonard Cohen. Nos damos dos tímidos besos, parecemos animalillos solitarios necesitados de cariño.

- Llamó Álvaro preguntado por no sé que de un sobre .Siéntate los macarrones aún están calientes – no me apetece cenar pero tomo asiento y cojo el tenedor.

- Y, ¿cómo se encuentra?-pregunto con la boca llena.

- Pues mal, parece que el médico le ha dicho que deberá guardar cama unos días. Y ¿el sobre? ¿lo trajiste?…– él está recogiendo la cocina, parece nervioso, me doy cuenta de que tiene patas de gallo - … ¿me oyes?

- ¿De qué sobre me hablas?...- pasan unos segundos hasta que reacciono - Ah, sí, lo tengo en el bolso, creo que lo guardaré en mi mesita de noche. Mañana por la mañana llámame por teléfono desde la pastelería, si llego tarde otro día más tendré problemas – no tengo ganas de seguir hablando con Miguel, él ya sabe que llevo unos días extraña, respeta mi silencio. Es enternecedor.

*

Álvaro vive en un piso pequeño, pero la sala más grande, el salón, tiene unas estanterías llenas de discos de vinilo Su gran pasión es la música, pero se ha quedado en los 60 y 70. Ahora mismo está en casa, fumando un pitillo en un sofá cómodo pero viejo. Llaman a la puerta, la visita que esperaba llega puntual.

- ¿Qué?¿alguna novedad?- Miguel entra en silencio

- Tío mira que llamar a las tres de la mañana, ¿cómo se te ocurre? , podrías haber llamado por la tarde-ahora los dos comparten el sofá.

- Era para hacerlo más misterioso – al sonreír Álvaro muestra sus dientes blancos, impecables, un tiburón al acecho.- Bueno y ¿qué ha hecho con el sobre?

- Pues lo tiene en el bolso, dijo que lo guardaría en la mesita de noche, pero parece que se le olvidó y lo sigue llevando en el bolso - en ese instante Miguel hace una mueca llena de dudas.

- Sí, claro, que se le olvidó, eso no te lo crees ni tú. Seguramente se lo llevó en el bolso para abrirlo y ver lo que hay dentro, ya verás como no soporta la curiosidad, todas las mujeres son así – sonríe de nuevo lleno de satisfacción. Miguel se levanta mira las estanterías repletas de discos. Al girarse se da cuenta de que lo dicho por su amigo podría ser cierto.

- Mira Álvaro, estoy seguro que se le ha olvidado guardarlo, ella jamás abriría un sobre que no es suyo- su voz era una represalia contenida.

- No hace falta que me des explicaciones. Ya veremos cómo reacciona.

Se va a la cocina con paso brusco, se sirve una cerveza. Mientras, reflexiona, confía en su mujer, sabe que ella no abrirá el sobre y cuando pasen tres días habrá acabado todo. Vuelve al salón, Álvaro ha encendido la televisión, está zapeando.

- Lo del notario está arreglado. Ya no hay vuelta atrás.- Miguel se toma la cerveza a grandes sorbos, aquel piso tan pequeño lo empezó a agobiar, pero antes de marcharse quiso decir la última palabra.

- No te preocupes, todo ha quedado claro.- después un portazo y el eco de pasos furiosos bajando las escaleras.

*

Llevo toda la mañana entre cajas, envoltorios y facturas; es un trabajo que no me produce estrés. Atraigo a Ruth y su niña, a Miguel, a Álvaro; me siento algo lejos de todos, como si ya no existiese. Después de prometerle a mi jefe que llamaría a Álvaro para pedirle el justificante médico me tomé media hora de descanso en el almacén, allí caí rendida diez minutos. Soñé con unos zapatos enormes que me perseguían, era el tiempo en forma de zapato. Me dí cuenta de que aún tenía conmigo aquel dichoso sobre, “Debí dejarlo en casa”.Lo cogí entre mis manos, era grueso pero no pesaba nada; me preguntaba qué cosa tan importante habría allí dentro.”Quizá dinero, quizá unas fotos comprometedoras, ¿quién sabe? Ya se lo preguntaré a su dueño cuando llegue el momento” Al menos el dolor de cabeza había desaparecido que no el insomnio nocturno. Sé que las cotorras siguen asediándome la espalda. Justo antes de salir por la puerta suena el teléfono de mi oficina. Es Álvaro, parece que todavía sigue mal; esa misma mañana había dejado su justificante en la pastelería de Miguel. El lunes podría dárselo yo misma al jefe. “No te preocupes, ya no vómito todo lo que como. Oye, no cuelgues, ¿y el sobre? ¿Lo recogiste?” Le respondo que lo llevo en el bolso “Quería haberlo dejado en casa, pero se me olvidó y lo llevo de paseo. Tranquilo que yo te lo guardaré sano y salvo” Cuando colgué ya no quedaba nadie en la oficina, le dejé una nota a mi jefe “El lunes sin falta tendrá el justificante, que pase un buen fin de semana”. En la puerta me sorprendió Miguel, estaba allí, en el coche sonriendo a través del parabrisas. “Y yo que estaba celebrando un paseo solitario hasta casa” Me comenta que quería pasar la tarde conmigo, que con nuestros horarios laborales casi no hacemos nada juntos. “¿Vamos al cine?” Me dejé llevar. Vimos “Lost in Traslation”. A la salida me sentí tranquila, como si aquella pantalla enorme me hubiese chivado la repuesta del examen más difícil de mi vida. Antes de volver a casa nos paramos en un bar, solíamos ir Miguel y yo juntos cuando teníamos los treinta. Por entonces la música era de nuestro agrado, los camareros nos conocían y siempre andaba por allí algún amigo con el que charlar un rato. Ahora todo había cambiado, la música no nos sonaba, era más bien un ruido impertinente, y la gente se había vuelto más joven.

- ¿Te has dado cuenta? Aquí ya no pintamos nada – Miguel mira alrededor para preparar una respuesta adecuada a mi comentario.

- Pues tienes razón, las cosas cambian, y nosotros con ellas – bebimos en silencio dos copas de whiskey – Sólo hay que saber encajar esos cambios. – entendí al vuelo lo que Miguel quería hacerme entender – ¿A qué no te has fijado en el nombre del bar? También es diferente al de hace diez años, ya no se llama “La bóveda” ahora se llama “Insomnio”- nos miramos y nos reímos, una risa espléndida, risueña y llena de complicidad.

- Me impresiona lo lógico y práctico que eres. Como un pastelero, echas las medidas necesarias de cada ingrediente, ni un gramo más ni un gramo menos, así el pastel queda perfecto – a partir de ese instante me hice a la idea de que no me quedaba más remedio que asimilar mi vida como propia e intentar ser feliz con ella.

El sábado acompaño a Ruth al parque, me encuentro mucho mejor. Le relato mi reencuentro con “La Bóveda”, la película que vi y cómo me había hecho reír Miguel la tarde anterior. Todo ha vuelto a la calma.

jueves 17 de diciembre de 2009

Necesidades: Confianza ( 1ª parte)


Observo que estoy a punto de cumplir los cuarenta, me tomo otra copa a ver si así se me olvida, jamás entendí el paso del tiempo. Miguel, mi marido, está en la cama, duerme a pierna suelta, él parece que lo ha entendido mejor. Supongo que cuando llegan estas fechas me pongo melancólica, en Navidad los muertos del pasado vuelven avisando que tendremos que acompañarlos más pronto que tarde. Apago la luz de la cocina y me arrastro hasta el sofá, las tres y media y no he pegado ojo. Un estruendo, el teléfono suena:

- No te habré despertado, ¿verdad? – al otro lado una voz masculina susurra, la reconozco al instante, después de diecisiete años compartiendo mesa en correos su timbre se ha memorizado en mis tímpanos.

- ¿A las tres de la mañana?, no, claro que no, estaba pensando qué me pondré para ir al trabajo mañana – un lo siento como disculpa – Tranquilo, estaba despierta deprimiéndome un poco con el niño Jesús, María y San José, pero ¿qué cosa es tan importante para no esperar a mañana?

- Mañana no podré ir al trabajo, no paro de vomitar, me siento muy débil – una tos seca lo interrumpe, siempre he pensado que Álvaro fuma demasiado.- He dejado en el segundo cajón de mi mesa de la oficina un sobre, por fuera pone “Recibos mes de noviembre”. Cógelo mañana sin falta y lo guardas en un lugar seguro, quiero decir…en tu casa, no lo dejes por el trabajo, es un asunto de vida o muerte, ¿vale? – mi mente avanza a su velocidad, que no es muy rápida que se diga, no quiero olvidar ninguna instrucción. Me asaltan algunas dudas mientras doy otro sorbo a mi tinto.

- Pero, ¿te lo llevo a casa?

- No, ni se te ocurra asomar por casa…es que…lo que tengo es un virus y no quiero que acabes vomitando minuto tras minuto. Ya lo recogeré por tu casa cuando me reponga y de camino pruebo esa tarta de almendra tan rica que hace Miguel – me extraña su petición pero he de respetarla.

- De acuerdo, cuídate

- Gracias, y perdona que haya llamado a estas horas

Vuelvo a mi vaso vacío y a mi salón. En la pared de enfrente cuelgan cuadros al óleo, todos de Miguel, un artista que el mundo de los pintores se ha perdido y el mundo de los pasteleros ha ganado. Sus tartas se venden por toda la zona norte. Con estos pensamientos paso al mundo seguro de los sueños.

*

Al despertar la luz está apagada y una manta la abriga. Con una ducha se despierta del letargo, sólo ha dormido tres horas y media y sus neuronas están aún dormitando. Habla con Miguel que lleva desde las seis en la pastelería. Discuten un poco, Miguel no entiende porque está tan nerviosa últimamente, ella tampoco lo sabe. Al colgar se da cuenta de que la casa está manga por hombro, varias preguntas se amontonan de golpe en su cabeza, un martilleo que comienza a ser constante, molesto “¿Será este desorden reflejo de mis incertidumbres?, ¿me habré perdido algo?”. Las papilas degustando el café la devuelve de nuevo al mundo de los sentidos, al mundo físico, suena el reloj de cuerda, las 8:30. “Llego tarde al trabajo”.

En correos el jefe la llama, bronca mezclada con un poco de sermón y salteada con preguntas sobre la supuesta enfermedad de Álvaro.

- Es la segunda vez que llegas tarde en dos semanas, a la tercera te enfrentas a una apertura de expediente, te aseguro que será así – el clavo se hunde un poquito más –Y… por cierto, ¿sabes algo de Álvaro?

- Está en casa con una buena gastroenteritis, me llamó anoche – la voz de ella no es nada dulce, más bien inerte.

- Pues dile de mi parte que necesito el justificante médico o lo empapelo, ¿entendido?, y apáñatelas como puedas, tendrás que hacer el trabajo de dos hasta que Álvaro vuelva.

Se sienta en su mesa, nota los ojos del resto en su espalda, “Ya están las cotorras apuntillando, menos mal que sólo son eso, cotorras”. Durante las seis horas siguientes no levanta las nalgas del asiento, realiza todo su trabajo correcta y mecánicamente, recuerda la noche en blanco, Miguel con sus cuadros criando polvo, sus cuarenta, el tinto y… “¡Ay!, ya se me olvidaba el sobre de los recibos” Espera a que todos salgan en el descanso a fumar un cigarro, cree que nadie debe verla abriendo el cajón de su compañero, recuerda las palabras de Álvaro “Dijo algo así como: lo guardas en un lugar seguro”, presiente que el sobre contiene algo más que unos recibos, que algo importante se cuece Álvaro, “será mejor que nadie me vea sacarlo del cajón, lo llevaré a casa y ya pensaré donde guardarlo”. La jornada flaquea, comenta los cambios de personal con algunas cotorras, suena el timbre y todos comienzan la carrera de obstáculos, llegar el primero al parking para no pillar tráfico a la salida. “Menudas reses de ganado” Toma un vaso de agua, fuera las despedidas y los motores, termina los últimos paquetes, se asegura de tener el sobre en el bolso y se dirige a la salida. Dentro sólo se oye el eco de un teléfono al que nadie responderá.

miércoles 16 de diciembre de 2009

Necesidades:Crisis

Gracias Viti.

En la España de 2009 la crisis económica hizo tanta mella en la sociedad que apenas se encontraban trabajos dignos, muchos quedaron en paro, los jóvenes tenían dificultades para acceder a la primera vivienda y al primer trabajo estable. Vanesa es una de este malaventurado grupo; la más pequeña de siete hermanas, con sus 27 años trabajaba en el bar de sus padres por temporadas, a veces encontraba un puesto como administrativo en alguna empresa, pero tan mal pagado y con tan malas condiciones que volvía al negocio familiar entre suspiros y sollozos. Pero Vanesa tenía un hábito que la ayudaba a pasar los momentos difíciles, desde que aprendió el arte de la escritura con seis años no había dejado de escribir un diario tras otro. Todas las cosas de su vida, buenas y malas, estaban allí recogidas, como un resumen anodino.

El restaurante era uno de esos bares de carretera con menú, donde camioneros y obreros mantenían conversaciones llenas de importancia social y chistes varios. En la parte alta se encontraba la vivienda, con cinco habitaciones, dos baños, un amplio salón y una terraza enorme bañada por el sol y el polvo de la carretera que disfrutaban dos perros de gran tamaño y poca raza. Muy amplia, sí señor, pero muy vieja también, tanto que los días de invierno en los que llovía las paredes se llenaban de humedades y goteras. En la parte baja la cocina, la barra y el comedor estaban recién reformados, un lavado de cara nunca viene mal para el bar.

Volvamos a Vanesa, cuando esto acaeció era primavera, el calor decía que verano; ella se encontraba con su delantal blanco lleno de manchas sobre el fregadero.

- ¡Una de ensaladilla, dos de salmorejo y dos de sopa de pollo!- gritó Gabriel con su bandeja abarrotada de platos sucios que dejó ante Vanesa.

- Ahora mismo te lo pongo, ¿es para los butaneros?- ella secó sus manos.

- No, para los de la fábrica, menudos estúpidos.

Vanesa sirvió los platos en cuestión de segundos, sus movimientos eran rápidos, con gracia; un cuerpo delgado pero lleno de curvas, el pelo negro recogido con una coleta y los labios finos le daban aspecto de actriz, ella nunca fue consciente de ello. Se dedicó el resto del día a ese baile diario que suponía la cocina, las patatas, la ensalada, la carne…; los vapores y la grasa se adueñaron poco a poco de toda su piel. “¡Qué cansada estoy!”

Al final de la jornada los camareros salieron en pos de sus hogares y mujeres. Ella se resignó cuando vio que la basura la esperaba en la puerta. “¡Ya han olvidado otra vez sacar las bolsas!” Las cogió, fuera estaba todo oscuro, sólo las luces de los coches al pasar iluminaban su camino. Llegó a los contenedores, las bolsas retumbaron dentro. Se giró, primero oyó el frenazo, después su vista llegó hasta la carretera, Luca, uno de sus perros yacía entre las ruedas de un camión. Mientras las lágrimas se deslizaban contó lo ocurrido a su madre, Sadeco se ocupó del cadáver del animal.

En la cama, ya más tranquila, con su pijama y la lamparita de noche tomó su diario; comenzó como siempre lo hacía, primero la fecha y un saludo, pero su mano se interrumpió en el papel. Recordó su jornada, rápidamente pasaron las imágenes, en su mente todo se mezcló. El corazón se aceleró, ya en pie sacó todos los diarios de su vida del armario. Le temblaban las piernas, el sudor frío, la furia la abrasaba por dentro. Arrancó la primera hoja de su primer diario, se sintió liberada, la veda quedó abierta, todos pasaron por sus manos; palabras al viento con un suelo lleno de papeles.

lunes 14 de diciembre de 2009

Necesidades: Correcaminos


Todo empezó en fin de año; esa noche cené con la familia en la casa de mis padres. Estaba atestada de sobrinos, hermanos, abuelos y alguna mascota. Todos sonrientes y complacientes, todos complacidos de sus vidas. Pasada la hora de la “reflexión individual” llegaba la “reflexión colectiva”; creo que esto lo hacían para ver un rato más tarde si yo me atragantaba con las uvas de una vez. Pero no estaba dispuesta a darles ese gusto.

Para la reflexión colectiva siempre comenzaba mí cuñado Alberto, un psicólogo cincuentón con barriga, tres hijos necesitados de cariño lleno de normas y creyente en sus teorías sobre la mente y la conducta humana. Como Dios propietario de la verdad Alberto me lanzaba alguna cuestión aparentemente inocente pero llena de una segunda intención que el resto de comensales tomaba por cosas de cuñados.

Aquel año comenzó por: “Andrea, ¿me ha dicho tu hermana que dos de tus amigas se han liado?”. Primer torpedo lanzado justo al tema de las relaciones personales, “Pues sí cuñado, cada cual con su vida que haga lo que le plazca, ¿no?” Graso error mi respuesta, le di pie a un segundo cañonazo “Pues sí Andrea, tienes toda la razón del mundo; y ¿tú?, ¿has encontrado ya un amigo?” Entonces saltaba mi hermana, la pobre intentaba echarme un cable, lo que conseguía era dejarme más desnuda todavía, “Anda déjala tranquila, sólo tiene 32 años, ¿para qué quiere novio tan pronto? Mejor que se dedique a sus amistades y su trabajo” En ese momento le brillaban los ojos a mi cuñado, otra bala directa “Bueno a sus amistades que no se dedique mucho que puede acabar pasándose a la acera de enfrente, como sus dos amigas que de golpe son lesbianas” Las risas del resto de la familia resoban en el portal. Yo preferí callar, no fuese que soltase demasiadas certitudes sobre Alberto y mi hermana.

Después le tocaba el turno a mi hermano menor Pedro, un empresario listo, guapo e independizado de casa de mis padres mucho antes de que yo lo hiciese. Cuando éramos niños jugábamos horas y horas, ahora me torturaba con palabras llenas de clavos pedantes y superioridad flagelante. “Andrea, ¿cómo fue la entrevista de trabajo?” A ver, tenía que pensar rápidamente adonde quería ir a parar mi hermanito del alma. “Pues bien; no me llamaron, si es eso lo que querías saber. De todas formas tengo un año de paro, algo encontraré” Todos hacían como que no escuchaban, pero estaban atentos a cada palabra. “Claro que sí, pero si no encuentras nada siempre puedes volver a casa de papá y mamá” Menudo tormento, consejos del malcriado de la familia.

Por último apareció mi madre en el salón con una bandeja llena de turrón, bombones y polvorones. Mi ánimo comenzaba a decaer, tomé varios trozos de chocolate para alegrar mi mente. Entonces mi madre me miró fijamente y me lanzó sin contemplaciones: “Hija deja de comer chocolate que estás muy gorda, ¿cómo vas a encontrar un novio y un trabajo con esas carnes?”

Me bebí tres copas de champán seguidas, en realidad todos tenían razón, pero ello no les daba derecho a atormentarme cada navidad con la misma milonga, como si fuesen mejores personas. No tenía trabajo, ni pareja, ni un grupo de amigos razonablemente cuerdo, además mi cuerpo era demasiado redondo, no hacía nada por mí ni para mí. Así que aquel funesto día, al tomar las uvas con las campanadas evité atragantarme y prometí cambiar mi vida de una vez.

Esa promesa me llevó a un viaje por China y a montar mi propia tienda de juguetes. Además comencé a tomar el hábito de andar todos los días una hora, al principio iba muy lenta; me tuve que imaginar que alguien me perseguía para ir más rápido, pero no sólo iba rápido a caminar, también lo hacía para ir a trabajar, a comprar, al cine, etc. Después de unos meses había perdido 20 kilos, la familia y la gente del barrio me puso un mote, la Correcaminos.

La siguiente Navidad la reflexión colectiva se tornó menos divertida para mi cuñado Alberto, mi hermano Pedro y mi propia madre, la víctima de otros años ya no era tan apetecible. Sus risas casi no se oyeron en toda la noche.