jueves, 5 de noviembre de 2009

Necesidades: Los zapatos.

- Yo, ya sabes, soy famoso aquí porque tengo la manía de intentar suicidarme cada dos por tres. Pero ¿tú?, ¿cómo has llegado hasta aquí?, pareces bastante cuerdo.


- Ya ves, no lo sé, todo ocurrió tan rápido, me gusta creer que fue por culpa de mi trabajo, aunque a veces…, a veces se me pasa por la cabeza que todo ha sido culpa de mi novia y mi madre –Antonio se destapó, el día estaba caluroso y las enfermeras no pondrían el aire acondicionado hasta el medio día. Carlos, su compañero de habitación, lo miraba interrogante.


- Menudas arpías, ¿qué te hicieron?- Carlos no pararía hasta enterarse de todo, así que Antonio se acomodó en su cama y bebió un vaso de agua.


- Ellas no querían hacerme daño, simplemente hicieron lo que pensaron que era correcto. Aunque, ¿qué es lo correcto?- un silencio se instaló, el eco del resto de residentes se escuchaba de fondo, Carlos seguía escudriñando su mirada, le faltada decir “sigue hombre que estas en lo más interesante”- El caso es que hace cinco años yo trabajaba en la Policía, creía en la justicia, desde niño soñaba con serlo. Lo conseguí con 25 años. Era más joven, la acción era de mi gusto, así que cogía todos los turnos de noche que podía.

- ¿Te gusta trabajar de noche?, tú estás fatal, ya sé porque estás aquí – Carlos comenzó a reír deliberadamente, aquello enfadó a Antonio, lo había interrumpido, su cara se puso colorada, se levantó bruscamente en dirección al baño dando un portazo tras de sí. El otro continuaba riendo de forma casi estridente. Durante la cena no cruzaron palabra alguna.




- Bueno, hoy me he levantado sin ningún tipo de crisis, ¿qué?, ¿me vas a seguir contando lo que te ocurrió? – Carlos se sentó en el borde de su cama suplicante con sus hombros hacia delante y unos labios a punto de hacer pucheros infantiles.


- ¿Estás seguro o te vas a reír a la primera de cambio?-la voz del compañero sonó seca, Carlos hizo unos gemidos confusos, Antonio prosiguió- Bueno, pues yo hacía muchos turnos de noche. Algunas de esas noches atendíamos llamadas de accidentes de tráfico; recuerdo el primero porque allí fue donde empezó mi calvario. Una moto había derrapado en la autopista sur, cuando mi patrulla llegó las víctimas ya estaban camino del hospital, en el reconocimiento de la zona encontré un zapato, supuse que era de uno de los accidentados; lo guardé con la intención de entregárselo a su propietario en el hospital. Jamás se lo entregué, lo guardé en un armario de casa.


Con el paso del tiempo me di cuenta de que en todos los accidentes de carretera de cierta intensidad los implicados perdían los zapatos, si no los dos, al menos uno. Como un hábito me acostumbré a recoger esos zapatos y guardarlos en casa ¿Qué se me pasaría por la cabeza? Mi novia se enteró al ver el trastero lleno de zapatos, me dijo que tenía que deshacerme de ellos, que aquello era de dementes. Entonces empezaron los tics nerviosos, mi cabeza se ladeaba de forma convulsiva cada vez que salía con ella. Aquello nos distanció. Yo seguí con mi pérfida colección, era algo que no podía controlar. Mi novia para intentar salvar nuestra relación habló con mi madre sobre los zapatos y los tics nerviosos. Mi madre tan comprensiva como siempre me obligó a ir a un prestigioso psicólogo de la ciudad. Claramente con la ayuda de aquel psicólogo todo fue a peor, los olvidos me acecharon; no recordaba dónde dejaba aparcado el coche, se me pasaron citas con amigos y familiares, perdí el móvil, de repente me encontraba en un centro comercial sin saber la razón por la que había ido. Hasta el día en el que perdí mi pistola, mis superiores pidieron un informe médico, aconsejaron seis meses en este hospital mental. Mi novia y mi madre me animaron a ingresar.


- Vaya, ¿es verdad que en los accidentes pierden los zapatos?

- Sí, ¿a que es extraño?


3 comentarios:

Curro Armenio dijo...

El vivir va dejando una especie de armario de zapatos desparejados. Buena idea.

Recuerdos perdidos dijo...

Un conocido me contó que en los accidentes las víctimas siempre pierden los zapatos.
Encantada de leerte por aquí.

César dijo...

Lo corroboro, en todos los accidentes que he visto (por desgracia) de tráfico siempre hay algún zapato desperdigado.