lunes, 9 de noviembre de 2009

Necesidades: La rendija.


Sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, miraba por la rendija de la puerta. Mis ojos rojos, posiblemente del sueño, sólo posiblemente. La espalda recorrida por escalofríos, los pies sobre hielo de cemento, con una respiración mantenida para hacerme invisible, desaparecer.
Entonces se oían las voces, ya me sabía de memoria el guión. Primero ella, pedía explicaciones, esas no eran horas, hueles a alcohol, tienes carmín en la camisa y ni siquiera has visto hoy a las niñas. Después él, serio, extremadamente seguro, siempre estás controlándome, no digas tonterías, ya uno no puede pararse a tomar ni una cerveza con los compañeros.
Portazos, lágrimas, esa noche dormirían separados.
Al día siguiente asistía a clase con los ojos rojos, posiblemente del sueño, sólo posiblemente, y con la cabeza centrada en absorber. Aquellos textos, números y normas me daban una forma de pasar el tiempo, lejos de la rendija de la puerta, muy lejos.
Después clases de autonomía: calentar las lentejas que ella dejó preparadas la noche anterior, el pan lo traía mi hermana, limpiábamos los platos, barríamos, hacíamos las camas y discutíamos. Entonces la llamábamos al trabajo, "que la hermana me ha pegado y no me deja ver la tele", gritos por el auricular.
Por la tarde, cuando ella volvía del trabajo, nos miraba las tareas; sí, miraba porque no entendía ni mu, ¿verdad? Le olía el pelo a fritanga, al abrazarla no importaba, su cuello mantenía el aroma de jabón fresco. Él aparecía algunas veces a tiempo para las buenas noches, otras para dar las malas.

Y yo allí seguía, detrás de la puerta, atendiendo a cada detalle, frotando los ojos rojos.