viernes, 5 de noviembre de 2010

Necesidades: Fotografía cero

Siguiendo el consejo de Pei


Camina con la mirada clavada en el suelo, sus hombros tiran de él hacia delante, a lo lejos parece un viejo solitario, calvo y con joroba, en realidad tiene cuarenta y cinco años. Le sigue un perro que no deja de restregarse con la arena de la orilla y ladrar a las gaviotas. Cuando llegan al final de la playa suben hacia la carretera, en el coche su mujer Sara con un libro los espera.


- Hace mucho viento para ti, ¿verdad?.- Antes de arrancar Juan se frota las manos y enciende la calefacción. Ella cierra el libro, se mira en el espejo, vuelve a ver esas arrugas, cada vez más pronunciadas; su tez clara, casi nieve, no ayuda a disimular el paso del tiempo.

- Ya sabes que el frío lo soporto, pero con el viento mis oidos se quejan, pitan y duele.- La carretera es estrecha y asciende por una montaña pelada, la poca vegetación que hay es seca y escuálida. El silencio retoma el interior del automóvil, sólo se escucha la respiración del animal, el motor viejo y el silbido del aire.


Veinte minutos después llegan a una casona de piedra, pertenecía a los padres de ella. Por fuera es pequeña, pero por dentro muy amplia, con una chimenea, alfombras y muchas imágenes en las paredes. Todas muestran a personas y sombras por la playa en la que acaban de estar, algunas de cara, otras de espalda, todas en diferente actitud. Ella era una amante de la fotografía, pasó años viajando, sus imágenes eran portada de grandes revistas. Varios premios internacionales llegaron a sus manos y a su bolsillo. Años de mucho jaleo y moviemiento, años que pasaron a la velocidad de la luz.


- ¿Qué te parece ésta?.- Coge una de las imágenes que hay en la cocina y se la pasa a él, muestra una mujer sentada en la orilla de cara al mar, una desconocida.

- Pues bien, muy buena, como todas.- Ella insiste con la mirada, espera algo más.- ¿¡Qué!?. Ya te lo he dicho, es buena.- Como no llega lo deseado recoge la foto y sale de la cocina con un portazo lleno de enfado.


Se sienta en el sofá frente a la televisión apagada con la fotografía en sus manos, acaba rompiéndola en varios trozos, pedacitos muy simétricos que deja sobre la mesa. Él ni siquiera intenta hablar con ella, en cinco años ha conocido este tipo de rabietas y sabe que es mejor obviar las conductas de este estilo si quiere verla de nuevo relajada.

De todas formas ha llamado a Fernando, un amigo psicólogo, para contarle lo desesperado de la situación, en un año ha degenerado en la soledad y el silencio más angustioso. Al principio no le pareció mal irse a vivir allí, alejado del mundanal ruido de la ciudad, podría seguir escribiendo sus artículos para el periódico y enviarlos por mail. Todo había sido muy idílico en los primeros meses, los fines de semana siempre aparecía algún amigo por allí; daban largos paseos por la playa y el monte, disfrutaban del lugar.

Pero ella poco a poco se volvió más silenciosa, menos conversadora, cogía la cámara y se iba a la playa a hacer fotos; así se pasaba los días, fotografiando la misma playa, esperando a que pasase alguna persona para captarla con su cámara. Por la noche las revelaba en el sótono, se las mostraba a él para pedirle su opinión y las colgaba por la paredes de la casa.

Llegó un punto en el que a ella le molestaban las visitas de los fines de semana y se encargó de hacérselo saber a sus visitantes con ironías y malos modos. Él pidió disculpas a las visitas, pero ya no volvieron más.

Por eso a él le gustaban los días de viento, ella esos días no era capaz de coger la cámara para ir la playa.


- ¿Cómo puede ser? Está obsesionada con esa playa, no hace otra cosa que bajar a fotografiarla.- Al otro lado del teléfono Fernando le intenta dar unas pautas.

- Tenéis que salir de ese lugar, si ella es reticente a ello, que seguramente se niegue porque su absesión es esa playa, hazlo paulatinamente. Dile un sábado de ir a Cádiz o San Fernando a hacer unas compras, sólo eso, compráis y os volvéis. Otro día pones otra excusa, que poco a poco ella se acostumbre a estar en lugares con gente. Hasta que consigas que pase un fin de semana lejos de ese lugar.

- Gracias Fernando, te juro que ya no sé qué hacer, me tiene muy preocupado.

- De todas formas Juan creo que sería mejor verla y hablar con ella y contigo en pesona. Si te parece pasado mañana voy a veros, dile que estoy mal con Tere y necesito evadirme, para que ella no sospeche nada. Estaré dos días, ¿te parece?.

- Gracias Fernando. No sabes lo que te lo agradezco.

- Para eso están los amigos.

*

A la mañana siguiente cuando Juan se despierta lo primero que siente es el hueco vacio de la cama, el frío le cala el corazón, se acerca al comedor para confirmar que la cámara no está allí. Trufo, el perro, tampoco ladra fuera, el aire ha dejado de soplar. Él suspira, toma un café y se pone el chándal, ella se ha llevado el coche, así que irá a pie hasta la playa, “Seguro que anda allí, sin haber desayunado y sentada a solas como una loca”. Tomará un atajo, un camino lleno de pedruscos y de cacas de cabra, lo conoce muy bien, fue ella la que le enseñó ese sendero una noche. Mientras camina lo recuerda, parece un recuerdo lejano y en realidad sólo han pasado dieciocho meses; justo después del entierro del padre de Sara ella tenía que hablar con sus hermanos, Paco y Eduardo, de la herencia y decidieron pasar los tres juntos un fin de semana en la casona. La noche del sábado me llamó por teléfono pidiéndome que me acercara a la casona, que ya estaba todo hablado y que le apetecía mucho enseñarme algo. Acudí nervioso, deseaba que ella me recibiese con calor y sexo post-funeral, pero no fue así. Cogimos una botella de vino, linternas y mantas e hicimos este sendero de la mano, mirando un cielo estrellado precioso que ella no dejaba de fotografiar. Pasamos la noche en la playa hablando, se quejó de sus hermanos, decía que eran unos insensibles porque no los había visto echar una lágrima por su padre, que más bien se mostraban indiferentes ante la pérdida del progenitor. La calmé con palabras dulces y justificaciones mundanas, “Ya sabes que hay gente que el dolor no lo exterioriza”. Y ella replicándome, “¡Pero si ambos me han admitido que no sienten que papá se haya ido al otro mundo!”. Al final acabó llorando y con tanto cansancio que se durmió entre mis brazos, como una niña pequeña después de un berrinche. Pero ella tenía razón, cuando al día siguiente conversé con sus hermanos no aprecié tristeza en ellos, hablaban como si su padre hubiese estado siempre muerto. Con estos pensamientos Juan llega hasta la playa, desde su posición puede verla entera, oye unos ladridos procedentes de las rocas, se acerca y allí está ella, practicando posibles encuadres con el objetivo.


- He venido por el atajo a pie.

- Eso es perfecto para tu barriga.- Sara responde sin parar en ningún momento su actividad y sin mirar a Juan.

- He hablado con Fernando, ha discutido con Tere y me ha contado que necesita estar fuera de casa unos días para pensar con más claridad. Lo está pasando muy mal, le he dicho que puede venir aquí, espero que no te importe.

- Bueno, antes de invitarlo podrías haber preguntado, ¿no crees?.- Ahora Sara sí lo mira a los ojos, el reproche se puede leer en ellos.

- Como tú estás todo el día aquí en la playa no pensé que te molestase, ya sabes que Fernando no hace ruido.- La útlima frase queda en el aire haciendo eco con las rocas que los rodean, el ladrido de Trufo vuelve todo a su cauce relajado y silencioso.


Esa tarde Sara muestra como cada tarde las nuevas fotos, a él todas les parecen similares, la espuma del mar, las rocas, la arena con huellas, el cielo gris, etc. Juan ya no sabe qué decirle, y si no le dice nada es peor. Después de mirarlas un buen rato logra hacer algún apunte.


-Me gustan porque esta vez te has centrado más en las texturas, no tanto en la imagen en sí.- Ya no sabe si es verdad lo que le está diciendo, únicamente sabe que con esa frase ella ha sonreído y se ha metido en la cocina a preparar la cena. “Al menos está noche podremos ver una mala película en el sofá y no me dará la espalda en la cama”. Todo ocurre como él ha pensado pero no ha podido relajarse porque espera la visita de Fernando como agua de mayo, porque sabe que si en los próximos días nada se soluciona tendrá que abandonar la partida y olvidar a Sara, la casona y la obsesión que destruye a ambos.

*

Cuando llega Fernando, Sara ya está en la playa con un carrete nuevo, así que Juan tiene tiempo suficiente para explicarle los comportamientos de ella y mostrarle las fotografías de las paredes. Fernando, escuálido y ojeroso por naturaleza, pone cara de asombro, un asombro lleno de excitación profesional por un lado y de preocupación por otro. Descubre imágenes similares en días diferentes, incluso la colocación de las fotos en la pared tiene un orden que Juan no había logrado ver.


- ¿No te has dado cuenta? En la parte alta de las paredes ha colocado las fotos del cielo, en el medio las fotos del mar y abajo, casi pegando al suelo, las imágenes en las que salen tierra y rocas.- Fernando no deja de mirarlas, como si ellas le hablasen los secretos escondidos de Sara.- Y, ¿desde cuando conoce esa playa?.

- Desde que era una niña, sus padres siempre han tenido esta casona, venían hasta en invierno, aunque hiciese frío.- Juan responde esperando una primera valoración de su amigo.- Las únicas veces que no se ha atrevido a bajar es cuando hace viento, dice que le duelen los oídos, y te juro que he visitado lugares del mundo con ella en los que hacía mucho más viento y nunca se quejaba de nada.

- Extraño. Por cierto, su padre murió hace poco más de un año, ¿asimiló bien la muerte?

- Creo que sí, pasó el luto normal de lloros y recuerdos, quizás lo pasó peor con la actitud de sus hermanos que no mostraron dolor ninguno por ello.

- Esto parece más difícil de lo que pensaba, su obsesión con esa playa es desmedida, no me esperaba tanto. Creo que debería bajar a verla, a dejarme ver y tantear el terreno.- Juan coje su chaleco y busca las llaves.- No, Juan, iré en mi coche, creo que es mejor que me presente sin ti.


Fernando acierta en el planteamiento, cuando Sara lo ve lo saluda con una sonrisa, forzada, pero una sonrisa al fin y al cabo. Hablan sobre Tere y el supuesto problema que él tiene con su pareja, Sara le escucha. Después comienzan a pasear por la orilla, él le ofrece un cigarro y así consigue que ella deje de enfocar con la cámara. Van a la par, mojándose los pies, mirando el horizonte. Hasta que ella termina la última calada y se para delante de Fernando con las manos en la cintura.


- Nunca me has gustado para Tere y me alegra saber que os habéis distanciado. Por lo demás eres un buen tío, no creas que quiero joderte con lo que acabo de decirte.- Él se hace el dolido.

- ¿Por qué me dices eso? ¿Qué te he hecho yo?

- Nada, pero me gusta ser sincera con la gente y me gustaría que todos lo fueran conmigo también.

- Pues entonces te diré que las fotos que he visto en tu casa parecen un proyecto a largo plazo, como un puzzle inacabado.- Ella lo mira, duda, no se esperaba ese giro, pero quiere confiar, le interesan las críticas de esas fotos.

- Sigue...por favor.- Ella no ha vuelto a su cámara, camina a la altura de Fernando, casi ilusionada.

- Todas son parte de esta playa, pequeños trocitos, texturas, personas, horizontes con atardeceres, como si quisieses redefinirla o pintarla de nuevo pero no de un brochazo, sino con pequeños detalles que juntos son uno, este lugar con sus vivencias.- El silencio se llena de las olas al romper en la orilla, el paso de Sara se ralentiza, como si su cerebro trabajase y desconectase de su cuerpo.- ¿Por qué esta playa? Podrías haber elegido otros lugares de países más exóticos que has visitado a lo largo de tu carrera y sin embargo has empezado el gran proyecto en una playa de la costa gaditana.

- En esta playa crecí, es eso, sólo eso.

- Pues si es sólo eso, ¿por qué llevas casi un año en el retiro?.- Entonces Sara se vuelve a parar y se gira colocándose de cara a Fernando.

- ¡Porque me da la gana, pedazo de lumbrera!, ¿quién te has creído que eres? Lárgate de aquí, no te quiero ver en esta playa, no eres nadie para venir a analizar nada.- Los gritos de Sara son desproporcionados, fruto de un estado mental ajeno a la realidad, casi pierde la voz en uno de ellos, gesticula incitando a Fernando a largarse. Él se va, hace caso del deseo de Sara y la deja en su soledad; de camino a la casa analiza lo ocurrido, no tiene sentido, ninguno. Se da cuenta de que es necesario ponerse en contacto con la familia de Sara, sus hermanos Paco y Eduardo.


*

- Desde el funeral del padre y el fin de semana que pasaron los tres hablando aquí de la herencia no ha vuelto a verlos ni a hablar con ellos. Acabaron medio enfadados, bueno, Sara se enfadó con ellos porque ellos no sentían la muerte del padre. No sé si ellos querrán venir.- Ambos aprovechan que ella sigue en la playa para definir y concretar qué hacer.

- No creo que sea bueno que vengan, ella está muy sensible con el tema de la playa. La realidad que ella ve no es la nuestra, para ella no hay nada de malo en aislarse y tirarse un día tras otro al pie de esa playa. Sólo llámalos y diles lo que está pasando, quizás ellos te puedan dar alguna indicación.



Por la noche Fernando ya se ha marchado, “No quiero poner más nerviosa a Sara”, dijo al salir por la puerta como un perro con la cola entre las piernas, ha dado algunos consejos a Juan y dos palmadas en la espalda. Juan acaba de descubrir que Fernando es un psicólogo como los demás, nada más lejos. Mientras limpia la lechuga para la cena las lágrimas no las logra contener y todo lo ve borroso. Sara está en el sótano revelando el carrete del día, esta noche él no sabrá qué decir de las nuevas fotos.


*

Una semana después Juan sale a una cita con el médico, Sara sigue en la playa con su obsesión. El médico es Eduardo, el hermano menor de Sara, la cita es personal; cuando Juan llamó a Eduardo y le contó lo que estaba pasando él no se asombró, se puso serio y le dió cita en el hospital para él, “No le digas a Sara que vas a hablar conmigo, ¿vale?”. Juan aceptó y le dijo a su mujer que iba a la revisión de la vista. Eduardo cuando lo vió entrar se asombró, Juan le parecía diez años más viejo, como si un cáncer lo estuviera matando silenciosamente. Se saludaron, tomaron asiento y Eduardo sin preámbulos comenzó su relato:


“Como recordarás después de la muerte de papá Paco y yo dejamos de tener contacto con nuestra hermana. Ella nos acusaba de insensibles, ella ha olvidado muchas cosas, las ha negado y a causa de ello se encuentra en la edad adulta con esta obsesión, la playa de nuestra infancia. ¿No te preguntas por qué mi hermano y yo no hemos querido quedarnos con la casona? ¿Por qué se la hemos dejado a ella?¿Por qué mi hermano y yo nunca aparecemos por aquella playa? Porque nosotros no hemos olvidado, y eso que yo soy más pequeño que ella y por entonces mi memoria debería de ser peor, pero hay cosas que no se olvidan.”


Eduardo no quiso contar más, le dijo a Juan que era ella quién debía contárselo todo. Él salió del hospital sin rumbo, andando, olvidó el coche en el parking, no se sentía con fuerzas para enfrentarse a aquello. Ya era demasiado, su amor no daba para tanto. Se paró en un cafetería y pidió cualquier cosa, sacó del bolsillo una fotografía de unos perros en la playa que Eduardo le había entregado. “Toma, enséñasela a mi hermana, ya verás como te cuenta el resto”. Estaba tan asustado que las manos le temblaban, la frente sudada brillaba con la luz del bar y no sabía en que parte de la ciudad estaba. Al rato se encontró paseando por un parque mientras la lluvía se apoderaba de todos los rincones de su cuerpo. Volvió a casa de madrugada, ella estaba sentada frente al televisor tan tranquila, como si nada. Él se acerca, le enseña la foto de los perros y ella en silencio se marcha al sótano. Ambos pasan la noche en camas separadas.

*

Lo despierta la tos de Sara, es por la mañana, muy tarde, más o menos las doce. Después del día tan tenso no tiene ámimos para levantarse. Le asombra verla en la cama tan tarde y relajada, sin prisa por ir a la playa. La mira en silencio y ella empieza a abrir los ojos mientras bosteza. No hablan de la foto, bajan a la cocina y entre los dos preparan el desayuno, Juan está desconcertado, no sabe qué ha ocurrido, pero Sara ha vuelto a ser ella.


- ¿Irás a la playa hoy?

- No, ya no hace falta, hoy iremos a comprar unos tiestos para las flores que voy a poner en la entrada.- Al oír esto él se atraganta con la tostada, se pellizca y se da cuenta que es verdad, que está despierto y parece todo arreglado.

- ¿Qué es esa mancha que tienes en el pijama?

- ¿Dónde?- Ella se mira pero no logra ver la mancha que tiene bajo el brazo derecho.

- Ahí. Déjame que la vea. Parece sangre, ¿estás herida?

- Ah, vale. Es por lo de Trufo.

- ¿Qué le ha pasado a Trufo?

- ¿¡Cómo que qué le ha pasado a Trufo!?¿Qué esperabas? Pues lo que tenía que pasarle.- Las palabras pronunciadas por Sara lo ponen nervioso, se levanta y comienza a llamar a Trufo mientras lo busca por toda la casa. Sara lo sigue.- No había otra forma, cariño, tenía que acabar así.- Llegó hasta el sótono y allí encontró unas fotos.- Míralas, ¿te gustan?, son obra mía.- Las imágenes eran de Trufo en la playa por la noche, un Trufo descuartizado con sangre por todos lados. Juan cogió a Sara por los brazos ye empezó a gritarle.

- ¡Loca! ¡Estás loca! ¿Qué le has hecho a Trufo, hija de puta?.- Ella empieza a reír.

- Apalearlo en la playa con un palo hasta matarlo, sí, eso he hecho.- Él empieza a vomitar, se apoya en la pared.- Me dije que ya que mi hermano te contó lo mala persona que fue mi padre, lo único que hizo fue matar a palos a nuestros tres perros en la playa delante nuestra cuando éramos pequeños, tenía que demostrarte que una persona puede hacer algo malo y seguir siendo una buena persona, cariño. Yo soy una buena persona, mi padre lo era, yo nunca he hecho nada malo, sólo lo de anoche y no por ello me puedes condenar.

- ¡Desgraciada!, eso es lo que eres, una desequilibrada. Pero esto se acabó.- Mientras grita dando vueltas y llevándose las manos a la cara encuentra el palo lleno de sangre, lo coge y se dirige a ella lleno de furia.

7 comentarios:

Vanessa dijo...

Menuda historia! Hubiera venido bien para la noche de halloween,jeje.
La verdad es q Sara está un poquito pirada.
Besos!

Miguel dijo...

Una historia inquietante... de esas que amí me gustan...

Un besos.

Houellebecq dijo...

La inquietud y la paranoia del relato van in crescendo, como en las películas de Polanski(las buenas al menos). Ya veo que los relatos largos son tan intensos como los cortos. Merecía la pena esperar un poco más. Ha sido buenísimo.

Anónimo dijo...

Vaya, Carmen!!!! Iba a continuar leyendo Fin, cuando me topé con este relato. Es buenísimo, buenísimo, de verdad. Me encantó.No podía parar de leer. Te superas, felicidades. Mónica

Recuerdos perdidos dijo...

Gracias Monique! Me alegra saber que fue de tu gusto.Besos

Lola dijo...

hay una franse que me ha maravillado o dos, no sé, la historia....tremenda, impactante
para cuando el libro???

Recuerdos perdidos dijo...

No habrá libro Lola, pero el blog seguirá publicando mientras mi imaginación dé de sí.Un saludo gatuno, miau!