domingo, 28 de noviembre de 2010

Necesidades: Al retiro


En el barrio le llaman la Chula porque nadie nunca le hizo de chulo, ella misma se valía. Ya se ha jubilado de la calle y hace años dejó de teñirse la capa de pelo blanco que le cubre la cabeza. Tiene una dentadura que se mueve mucho y mete en un vaso cada noche, medio rota y picada, le hace el apaño. Las caderas le duelen, sobre todo al subir al tercero, porque aunque se ayude de un bastón de madera, los huesos gastados son los huesos gastados. Y lo peor no es tener que subir las escaleras, el edificio es tan antiguo que las humedades se comen las paredes de las tres habitaciones de su casa, humedades que arremeten contra su esqueleto cada noche. En la salita-cocina tiene una pequeña estufa que apenas enciende porque no tiene un euro para pagar la luz. El dormitorio es tan enano que la cama conquista casi todo el espacio, y en el servicio no hay bañera sino barreño y agua fría, tampoco puede pagar el butano. Es la morada de la Chula, tan demacrada como ella misma, tan anciana que hasta los cimientos tiemblan con cada tormenta nueva.


A la Chula la conocen en todo el barrio. Hay un bar en la esquina de la plaza con las cristaleras llenas de polvo y las paredes ennegrecidas, Ramón lleva treinta años regentándolo y nunca le ha negado a la Chula un vaso de leche bien calentito. Las mañanas son muy duras, tanto como las noches, y Ramón aunque basto y grosero esconde una flaqueza. Su flaqueza entra muy temprano, se acomoda en una silla del fondo y empieza un diálogo en el cual Ramón responde con monosílabos mientras sirve cafés, carajillos y comenta los resultados del fútbol con el resto de clientes. Miles de veces Ramón ha sido amonestado por su mujer, ella cree que para el negocio no es bueno tener a una vieja como la Chula día sí y día también. Pero Ramón le responde con tono seco:


- Pero si el barrio está lleno de yonquis, chorizos y vagabundos. ¡Ni que fuese a entrar aquí la princesa Leticia!. Además la Chula no le hace daño a nadie, déjala que así pasa el día más entretenido.- Y sigue colocando botellas y vasos, sudando una camiseta llena de lamparones amarillos a juego con las esquinas negras del local.


Las tardes que hace sol la Chula se va a la plaza, se encuentra con viejas comadres y con los que trapichean, las primeras hacen uso de su tradicional verborrea para poner a todo el barrio del vuelta y media, los segundos toman los bancos más escondidos, a la vera de la muralla, los negocios se hacen a oscuras.

Hay temporadas que las palomas se hacen con el territorio y lo llenan todo de cagadas.


- Te has dado cuenta Chula, ya no quedan palomas blancas, son todas negras.- Ella mira alrededor confirmando la frase de la Juli.

- Pues si es así ¡igual me da!,negras o blancas la misma mierda fabrican.

- Pues a mí me gustaban más las blancas, las de antes.

- Esas se fueron como se largaron todos, rápido y veloz cuando cerraron la fábrica de papel.- Así pasa las tardes la Chula, recordando lo que fue el barrio antaño, cuando aquello sólo era un llano de barro y la gente de los pueblos empezaba a llegar con sus maletas vacías.


Ella misma, si la memoria se lo permite, se deja avasallar y se ve con veinte años entrando por esa misma plaza, insegura, indecisa y con todas las “in” que uno pueda imaginar. Buscó una casita en la que servir, sacarse unas perras y mandar algo al pueblo. De esta forma entró la casa de los Fernández, una familia adinerada con tres niños que vivía en el centro. El cabeza de familia, Juan, era funcionario del estado, la Chula nunca supo a qué se decicaba exactamente pero sí le dedicó mucho tiempo a ella, tanto que en menos de un año la despidieron con un proyecto de unos seis meses. Sola llegó hasta el final, mal viviendo y mal vista, tuvo un niño, un angelito sin pan bajo el brazo y con una deficiencia severa. La ciudad era tan pequeña todavía que el chisme corrió como la pólvora entre las altas y las bajas esferas, y Anita, con sus veintidós años, no encontraba casa en la que esclavizarse. No le quedó otra que tomar la calle y hacerse llamar la Chula, la vuelta al pueblo era impensable. Pasaron años, otra relación le dejó otro niño, nuevo abandono y más tristezas.


- Tienes razón Juli, ahora no queda ni una paloma blanca.

- El sol se va.

- Él también.

7 comentarios:

Houellebecq dijo...

La Chula es un personaje entrañable. Ahora miraré de otra forma a las Chulas que me encuentro o veo de pasada en bares de mala muerte y peor vida. Y me gusta cómo vas más allá de lo que ve el personaje más antipático, la mujer que no quiere que se le de conversación a la chula, y acercas a la Chula al lector y la haces digna de lástima o de simpatía o de ambas cosas. Porque la antipática del cuento desgraciadamente es casi el común de los mortales en la realidad. Claro que el que le da conversación y tiene algo de corazón también existe. En menor cantidad pero es real. Saludos.

Recuerdos perdidos dijo...

Gracias Houellebecq.
Creo que la mayoría de las Chulas no están ahí por gusto, y me enfada que los hombres sean cómplices de esa forma de esclavitud.

Lola dijo...

Un relato de desdicha que te deja un amago de sonrisa a la infelicidad.

Miguel dijo...

Es triste el relato. Pero es la vida la que golpea, y la vida es caprichosa y arremete con vehemencia allí donde se le antoja. En el mundo, por desgracia hay muchas Chulas...

Un beso.

Curro Armenio dijo...

No te pienso perdonar que me hayas robado el personaje. Lo tenía reservado para fin de año.
Bien, bien.
¡¡

Recuerdos perdidos dijo...

No era mi intención Curro, pero de todas formas espero ansiosa - como soy yo, jeje -tu versión.
Un saludo

Erelea dijo...

Somos bichos sociales que necesitamos relacionarnos con los demás, pero de todas las relaciones la que yo creo más importante y que hay que CUIDAR mucho mucho mucho más es la relación con la familia... y más en los tiempos difíciles que al parecer se avecinan... para no quedarse colgados como la Chula.