domingo, 14 de marzo de 2010

Necesidades: Momentos ajenos.

Para Mónica y Edu. Con todo mi cariño.

He vuelto a Cádiz cuarenta años más tarde y me sigue pareciendo sucia y bella a la vez, no puedo evitar este sentimiento. Es una dicotomía fácil de entender para aquellos que como yo tuvimos que abandonarla por señoritinga y vaga, por perra, no ofreciendo salidas laborales por ningún lado. Y será por su pasado de marineros por lo que quise estudiar su historia, me especialicé en cada esquina de esta absurda ciudad, ciudad de batallas ganadas, como la del 1.702 cuando holandeses e ingleses intentaron hacerse con ella, un mes de asedio, sus 15.000 infantes y 50 navíos no pudieron con los 300 infantes y 150 jinetes españoles. Estas cuatro décadas en Venezuela he aprendido a relativizar la melancolía, o mejor dicho a disfrutar de ella. Cuando marché no sólo dejé sus calles, olores y atardeceres, también me vi obligada a dejar a Edu, el niño de mis ojos.

Trabajaba por entonces en la pescadería de mis padres, tenía mis doce años y no sabía hacer la “o” con un canuto, los libros me repelían, mis escapadas del colegio eran antológicas. Había un cliente asiduo a nuestro negocio, el maestro del barrio, mi madre habló con él, “Al menos que esta burra aprenda a leer y escribir, con unas cuantas tardes bastará”,la burra era yo. Y aquel señor mayor, de cara rancia, chaqueta roída y escueto en palabras me introdujo en el mundo del mar, de las historias de piratas, ultrajes y honor, y así aprendí el arte de la escritura y la lectura, así me hice adicta a la historia de este lugar.

En mi tiempo libre hacía una cosa que dibujaba una sonrisa en mi cara mientras limpiaba el pescado: cuidar del niño de mi vecina, Edu. Morenito y rellenito, no paraba de correr, jugar, con sus ojos negros y sus pestañas enormes me ganó el alma; pasaba horas con él, lo llevaba al parque, a la playa, siempre risueño como buen guasón gaditano que era. Así que me dedicaba a jugar con un niño de tres años a piratas y corsarios, él era Barbarroja, Francis Drake o Charles Howard, a veces se pasaba al otro bando y se convertía en el marqués de Villadarias o Marcos del Puerto. El niño cumplió los nueve, yo hice los dieciocho,seguía ayudando a mi familia con la pescadería y a la vez me convertí en la tía postiza de Edu, seguíamos jugando a señores del mar. Ese año llegaron noticias de una Venezuela en bonanza, de la posibilidad de mejorar, mis padres decidieron partir con toda la familia, incluida yo, la burra.

Me resultaba atractiva la idea de montar en barco, de divisar nuevas tierras, como un pirata. Por contra tenía a Edu y a Cádiz metidos en lo más hondo de mi corazón, ¿cómo afrenté esa despedida? Con lágrimas, muchas atemporales, como las que ahora pasean por mis arrugas mientras camino por la calle gaditana Cánovas del Castillo, en diez minutos veré a Edu, con sus 49 años está en paro.

10 comentarios:

Curro Armenio dijo...

El miedo a volver es el miedo a encontrar. Bonita historia.

Anónimo dijo...

Como la vida misma, siempre echando en falta algo o a alguien. Gracias. "Monique"

Recuerdos perdidos dijo...

Esa historia tiene tintes de realidad.
Gracias Curro.

Y espero seguir encontrándome gente que me haga sentir ese puntito de tristeza cuando se ausentan.
De nada "Monique"

Oscar Grillo dijo...

Hmmmm!...Esa mano pareciera ser la mano de un inocente pero yo no me confiaria demasiado...Andá a saber que fechorias estara pensando cometer.

Miguel dijo...

Una historia muy humana y agradable. Volver, siempre volver. Estamos condenados a volver. Y a veces, como es tu caso, es una vuelta entrañable.
Me ha gustado mucho tu relato.

Recuerdos perdidos dijo...

Óscar alguna trastada sí que ha cometido.

Miguel, también es llegar a un nuevo lugar, porque cuando vuelves lo que recuerdas ha cambiado.
Un saludo y gracias por la visita.

Jesús Bravo dijo...

Me gusta mucho. Los tintes reales me suenan jeje.

Recuerdos perdidos dijo...

Sí Jesús, son tintes totalmente chicharreros.Jejeje

David dijo...

Pero es que ya no has regresado a ese Cádiz que rememoras. Ese del que hablas es mitad recuerdo, mitad olvido y todo sentimiento, nostalgia... Yo intento resistirme a los cantos de sirena del pasado porque al final me hacen sentir bastante triste. Cómo ese profesor de "El club de los poetas muertos" decía Carpe Diem...
El texto precioso se mire como se mire.

Recuerdos perdidos dijo...

Cádiz podría haber sido Tenerife, Córdoba o Bélgica.
Recordar lugares y personas me provoca una tristeza agradable.
Saludos David.