miércoles, 26 de octubre de 2011

Necesidades: De un algo que ya es nada.



"Congoja, miedo, del paso que va rápido, de ver los muros amarillos perdiendo brillo, casi mate", así podría describir María las sensaciones que la acompañaron durante la fiesta.

Era un reencuentro, habría unas cuatrocientas personas, algunos eran tíos y primos, la gran mayoría simplemente le sonaba de otros años, tiempo pasado que no volverá. Parejas que mudaron la piel y se convertían en tríos acompañados por un bastón, parejas con hijos y a su vez esos hijos con más hijos, parejas desparejadas porque la otra parte ya partió a mejor vida, parejas que a solas recordaban a hijos y nietos que viven en otros barrios, ciudades o países. Parejas pares e impares, parejas díscolas y obedientes, parejas que tenían algo en común, treinta y un años atrás habían inaugurado aquellas calles.

Entonces, en el ochenta, todos eran jóvenes, se acababan de casar, trabajaban como burros, tenían bebés, y lo mejor, estrenaban piso, pisos que pagaron con el sudor de largas jornadas de trabajo. María no pensó todo esto durante la fiesta del 31 aniversario del barrio, no, porque María es muy lenta pensando. María bailó Poquito el Chocolatero, asistió al concurso de dardos para mujeres y presenció el de dominó para hombres, tomó unas cervecillas y aplaudió la entrega del premio al vecino ejemplar. María se fotografió toda divertida con políticos de pacotilla. Sí, María disfrutó. Pero días después, como si de pronto la resaca hubiese hecho acto de presencia, recordó la fiesta y encontró un fallo. El barrio había envejecido, los jóvenes habían partido a buscarse la vida, y los pocos que quedaron en él no eran precisamente los que más iniciativa tenían, todo estaba más abandonado. Dentro de lo despegada que siempre había sido siente que una parte de ella sigue en esas calles, su infancia, su adolescencia quedará entre esos muros. Y cuando pasea por ellos una melancolía rara y otoñal se apodera de ella, porque sabe que aunque siempre puede volver, cada día que pasa se aleja más y más de ese tiempo. Hasta los que ahora habitan la barriada han perdido esa época, se les ha ido de las manos sin darse cuenta. Un pellizco de responsabilidad por haber abandonado a sus convecinos la despierta del letargo, la adormece aún más.

María mientras, sin ella saberlo, con sus treinta y un años, sigue correteando en bici, lanzando piedras y globos llenos de agua y escondiéndose en cada columna de la barriada de los Pisos Amarillos.

2 comentarios:

Curro Armenio dijo...

Descubrimos al niño sólo cuando crecemos.

Miguel dijo...

El paso de los años suele servirnos para madurar y hacernos soñadores...

Besos.